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lunes, 29 de diciembre de 2025

Ansiedad, problemas de sueño y depresión: siguen siendo los problemas más frecuentes en AP

 El 35,6% de la población española presenta algún problema de salud mental, siendo los más frecuentes en las consultas de atención primaria (AP) del Sistema Nacional de Salud, los trastornos de ansiedad, seguidos de los problemas de sueño y la depresión, que mantienen la tendencia creciente registradas en los últimos años. Sin embargo, según los datos, tan solo hay 548 psicólogos trabajando en este primer nivel asistencial de la salud.

Estos son algunos de los datos recogidos en el nuevo Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2024, que ofrece un análisis completo de la salud mental en España e identifica su evolución epidemiológica junto con los factores sociales, demográficos y asistenciales que determinan su impacto.

Concretamente, el informe incluye datos relativos al bienestar y a la salud mental de la población española, cifrada actualmente en 48.619.695 habitantes (el 51,0% mayor de 45 años y una de cada cinco personas de 65 o más años) -lo que sitúa a España entre los 4 países europeos con mayor población-, aportando conclusiones tan importantes como las que recogemos a continuación:

consultas en AP
Fuente: freepik. Autor: ijeab. Descarga: 20/11/23.
La prevalencia de los problemas de salud mental y del comportamiento: una tendencia creciente que afecta a todas las edades.

En 2023, se han registrado 355,9 casos diagnosticados de trastornos mentales y del comportamiento por cada 1.000 habitantes (387,0 mujeres vs. 323,4 hombres).

El análisis por grupos de edad revela que la prevalencia aumenta de manera progresiva a lo largo de la vida. En la primera infancia, entre los 0 y los 4 años, se registran 100,2 casos por 1.000 habitantes, pero esta cifra se eleva de forma constante hasta alcanzar 574,4 por 1.000 en el grupo de 90 a 94 años. Esta distribución sugiere que los problemas de salud mental no solo afectan de forma notable a la población adulta joven, sino que se intensifican en la vejez, donde los problemas del comportamiento y del estado de ánimo se suman frecuentemente a otros procesos físicos y sociales asociados al envejecimiento.

El documento destaca que la prevalencia ajustada por edad es de 342,9 casos por cada 1.000 habitantes, siendo un 8,5% más alta respecto a 2019, un incremento que confirma una tendencia ascendente en la demanda de atención en salud mental. También señala que los varones presentan mayor prevalencia durante la infancia y la adolescencia, mientras que las mujeres concentran la mayor carga de enfermedad a partir de la juventud y durante toda la edad adulta.

Más del 40% de las personas mayores de 50 años presenta algún diagnóstico de salud mental, y dicha proporción supera el 50% en las personas de 80 años o más. Este dato adquiere especial relevancia en un país que experimenta un rápido proceso de envejecimiento demográfico, pues tiene implicaciones directas en la planificación de recursos asistenciales y en la necesidad de adaptar los servicios sanitarios a la realidad de una población cada vez más longeva.

Ansiedad, trastornos del sueño y depresión: diagnósticos de salud mental más frecuentes en España.

Los problemas de salud mental más frecuentemente registrados en las historias clínicas de atención primaria y con una tendencia ascendente en la serie 2016-2023, son:

Los trastornos de ansiedad continúan siendo los problemas de salud mental con mayor prevalencia, con 111,3 casos por 1.000 habitantes. Entre las mujeres, la cifra se eleva hasta 143,3 casos por 1.000, mientras que en los hombres se sitúa en 77,9 por 1.000. En determinadas franjas de edad, especialmente entre los 40 y los 79 años, alrededor del 17% de las mujeres presenta un diagnóstico relacionado con la ansiedad. Aunque continúa siendo el trastorno más prevalente, la cifra es 12,6% inferior a la del año 2021, cuando se alcanzó el máximo de la serie temporal.

Los trastornos del sueño, con 87,3 casos por 1.000 habitantes, se posicionan como el segundo problema más frecuente. Su evolución ascendente en el periodo 2016-2023 muestra que constituyen un ámbito creciente de demanda sanitaria.

Les siguen los trastornos depresivos, con 49,3 casos por 1.000 habitantes, también con una tendencia creciente.

La salud mental en la infancia y la adolescencia: aumento de la ansiedad, los problemas de sueño y de aprendizaje.

La evolución de los problemas de salud mental en la población menor de 25 años es uno de los aspectos más relevantes del informe. Los datos muestran aumentos significativos desde 2019 en múltiples ámbitos. Los trastornos de ansiedad son los problemas de salud mental más registrados en la infancia y la adolescencia, alcanzando los 34,6 casos por 1.000 habitantes, con un incremento del 36,4%. Les siguen las dificultades específicas del aprendizaje, con 31,9 casos por 1.000, tras aumentar un 39,4% en el periodo analizado. Los trastornos del sueño, que registran 27,2 casos por 1.000, han crecido un 36,3% desde 2019, superando a los problemas hipercinéticos, que se sitúan en 27,0 casos por 1.000 habitantes.

Estos datos reafirman la importancia de seguir evaluando la salud mental de niños, niñas y adolescentes, pues constituyen un grupo especialmente vulnerable en el que convergen factores educativos, psicológicos, emocionales, sociales y familiares.

Enfermedades cardiovasculares y cáncer, principales causas de mortalidad.

En 2023 se registran 436.124 defunciones (220.742 hombres y 215.382 mujeres), con una tasa bruta de mortalidad de 902,6 fallecimientos por 100.000 habitantes (932,1 en hombres y 874,2 en mujeres). Las principales causas de mortalidad siguen siendo las enfermedades cardiovasculares y el cáncer que provocan más del 50% de las defunciones, seguidas de las enfermedades respiratorias (10,8%).

El suicidio en España: un problema de salud pública.

El documento incluye un análisis detallado de la mortalidad por suicidio. A este respecto, indica que, en 2023, se produjeron 4.116 fallecimientos por suicidio, 3.044 hombres y 1.072 mujeres. La tasa bruta de mortalidad se sitúa en 8,5 muertes por cada 100.000 habitantes s (12,9 en hombres y 4,4 en mujeres), mientras que la tasa ajustada por edad es de 8,0 por 100.000 (12,5 en hombres y 4,1 en mujeres).

Después de varios años de incremento, en 2023 se detecta un descenso del 3,6% respecto al año anterior. La tasa de mortalidad por suicidio es mayor en hombres que en mujeres en todos los grupos de edad, registrándose la tasa más elevada en hombres de 85 y más años, con 39,4 fallecimientos por 100.000 habitantes (en las mujeres de ese mismo grupo de edad ha sido de 5,2 fallecimientos por 100.000 habitantes).

Estas cifras evidencian que el suicidio es un fenómeno con un marcado componente de género y especialmente significativo en edades avanzadas.

Determinantes sociales de la salud.
  • Obesidad y sobrepeso

La obesidad en España afecta al 15,2% de la población de 18 y más años (hombres: 15,2%; mujeres: 15,1%) y el 39,8% padece sobrepeso (hombres: 47,0%; mujeres: 32,9%). Aunque la obesidad en adultos muestra una tendencia descendente desde 2017, el sobrepeso presenta una tendencia ascendente con lo que, globalmente, el exceso de peso continúa aumentando de forma progresiva.

  • Actividad física

El 30,5% de la población adulta (de 15 y más años) se declara sedentaria en su tiempo libre, siendo las mujeres más sedentarias (34,2%) que los hombres (26,6%). El sedentarismo está más extendido en las personas con nivel educativo inferior, 42,2% frente al 17,5% en las personas con nivel superior. El 47,3% de la población europea no dedica tiempo a diario a la actividad física aeróbica beneficiosa para la salud, situándose España un punto porcentual por encima de la media europea   

  • Consumo de alcohol y tabaco

El informe integra también información sobre los hábitos de consumo de sustancias psicoactivas, en particular tabaco y alcohol, que forman parte de los determinantes sociales de la salud. Las cifras indican que el 16,6% de la población adulta fuma a diario, con mayor prevalencia en hombres (20,2%) que en mujeres (13,3%). Entre las personas de 15 a 24 años, el consumo diario es del 10,7%, y la media de edad de inicio se sitúa en 16,4 años.

En cuanto al alcohol, desciende el consumo habitual en adultos. El consumo de riesgo aparece en el 1,3% de la población adulta, cifra que asciende al 1,6% en hombres y se sitúa en 1,1% en mujeres. La prevalencia de consumo intensivo episódico de alcohol en la población de entre 15 y 24 años en el último mes es del 10,3%, con pequeña diferencia entre hombres (10,0%) y mujeres (10,6%).

Hay 548 profesionales de la psicología en atención primaria.

El informe recoge datos oficiales sobre los y las profesionales que integran el SNS, cifrándose en 786.747 profesionales (de los cuales, 176.918 son médicos, 227.098 enfermeras y 382.731 otros profesionales sanitarios y no sanitarios), lo que supone una tasa de 16,3 por cada 1.000 habitantes. De estos, el 75,7% trabajan en los hospitales, el 16,1% lo hace en los centros de atención primaria, y el 3,2% en los servicios de urgencias y emergencias 112/061. El 51,4% de todos los efectivos son personal médico y de enfermería.

Como ya señalábamos anteriormente, de los otros 382.731 profesionales -tanto sanitarios como no sanitarios-, el 84,8% trabajan en los hospitales, el 10,1% en atención primaria y el 4,5% en los Servicios de Urgencias y Emergencias 112/061, además del 0,7% que están realizando la Formación Sanitaria Especializada. En este grupo se incluyen los y las profesionales de la psicología, aunque el informe tan solo recoge los que trabajan en el primer nivel asistencial de la salud, cifrándolos en 548, lo que supone el 0,14% de dicho grupo. Si bien la cifra ha aumentado en comparación con la del año pasado (419 psicólogos/as), sigue siendo, a todas luces, insuficiente para dar respuesta a la alta demanda en salud mental. En posteriores informes, sería deseable contar con datos desagregados sobre los y las profesionales de la psicología que desempeñan su labor en el resto de niveles asistenciales.

El uso de ansiolíticos y antidepresivos continúa siendo elevado en España.

Del total de recetas médicas oficiales facturadas en 2024, los medicamentos representan el 97,5% de los envases y el 94,4% del importe a PVP. El subgrupo de mayor consumo sigue siendo el de analgésicos (143,5 millones de envases; 12,3%), seguido de los agentes del sistema renina-angiotensina (8%). En el ámbito de la salud mental, los psicolépticos (ansiolíticos, antipsicóticos, hipnóticos y sedantes) alcanzan 91,5 millones de envases (7,8%) y los psicoanalépticos —que incluyen antidepresivos— suman 63,9 millones (5,5%). Además, principios activos como lorazepam, sertralina, alprazolam o lormetazepam, figuran entre los más dispensados, consolidando el peso destacado de los psicofármacos dentro del consumo farmacéutico del SNS.

Accesibilidad percibida en la atención en salud mental.

El informe también aporta información sobre la accesibilidad percibida en diferentes servicios, incluyendo los de salud mental. A este respecto, el Ministerio de Sanidad indica que el 2,8% de la población declara no haber podido permitirse la asistencia a la salud mental en los últimos doce meses por motivos económicos, una inaccesibilidad que afecta más a las mujeres que a los hombres en prácticamente todos los grupos de edad. La mayor dificultad se concentra entre los 25 y los 34 años, donde el porcentaje alcanza el 5,9%, llegando hasta el 7,5% en mujeres de esa franja.

No obstante, cabe señalar que España se sitúa como el segundo país de la Unión Europea con menor inaccesibilidad declarada por motivos económicos -más aún, considerando que cuenta con sanidad pública-, con una diferencia de 2,5 puntos respecto a la media europea. Estos datos ponen de manifiesto que, aunque la accesibilidad económica es relativamente favorable en comparación con otros países de la UE, persisten desigualdades significativas entre sexos y edades, especialmente entre mujeres jóvenes y adultas.


Se puede acceder al informe completo desde la página web del Ministerio de Sanidad o bien directamente aquí.

lunes, 28 de julio de 2025

Un metaanálisis muestra la eficacia de la terapia cognitivo-conductual para el insomnio en jóvenes

 Un reciente metaanálisis ha encontrado que las intervenciones psicológicas son eficaces para mejorar la calidad del sueño en adultos jóvenes. El estudio, publicado en la revista PLOS ONE, destaca que, entre todas las intervenciones psicológicas, la terapia cognitivo-conductual para el Insomnio (TCC-I) muestra mejores resultados en este grupo de edad.

La revisión sistemática evaluó 22 ensayos controlados aleatorizados con más de 6.000 adultos jóvenes. Según indican los autores, los resultados apoyan el uso de las intervenciones psicológicas como una herramienta valiosa para abordar los problemas de sueño tan prevalentes entre los jóvenes, que a menudo enfrentan circunstancias únicas que dificultan las rutinas de sueño saludables.

insomnio
Foto: Freepik. Descarga: 21/05/2025
Contexto y relevancia del problema

La literatura científica ha demostrado que el sueño deficiente persistente o el insomnio predispone a las personas a desarrollar trastornos mentales como la depresión y la ansiedad, señalan los autores. Las dificultades para dormir también pueden empeorar los problemas de salud mental comórbidas, aumentando la probabilidad de recaída de la depresión, prolongando su curso y mitigando los efectos del tratamiento, tal y como se expone en el artículo. Por lo tanto, se considera prioritario el tratamiento eficaz de los trastornos del sueño en este grupo de edad.

Los adultos jóvenes en especial riesgo de insomnio

Los datos aportados por los autores muestran que la prevalencia del insomnio en estudiantes universitarios es mayor que en la población general, con aproximadamente el 18.5% cumpliendo los criterios de trastorno de insomnio frente al 6% en la población general. Además, entre el 43% y el 66% de los adultos jóvenes informan ser «malos durmientes», aunque no cumplan los criterios de diagnóstico formal.

Según explican los investigadores, los estudiantes universitarios a menudo tienen circunstancias únicas que dificultan el mantenimiento de rutinas de sueño regulares. Por ejemplo, vivir en residencias o casas compartidas puede fomentar interacciones sociales nocturnas que retrasen la hora de acostarse. Asimismo, los jóvenes tienden a pasar mucho tiempo en su dormitorio en actividades que no son dormir (estudiar, socializar online…), lo que dificulta asociar la cama con la sensación de sueño.

Esta población también presenta altas tasas de problemas de salud mental, con un 31% de los jóvenes informando de un trastorno de salud mental en los últimos doce meses, una cifra que ha ido en aumento en la última década, según explican los autores. Teniendo en cuenta este panorama, mejorar la calidad del sueño es crucial, puesto que los trastornos del sueño son un factor de riesgo independiente para el trastorno mental posterior y la conducta suicida.

El estudio: objetivos y metodología

El objetivo principal fue sintetizar la literatura de los ECA y utilizar técnicas de metaanálisis para examinar la eficacia de estas intervenciones en la mejora de la calidad del sueño en comparación con los grupos de control. Un objetivo secundario fue comparar los tamaños del efecto de diferentes enfoques psicológicos.

Los participantes incluidos en los estudios tenían, en promedio, entre 18 y 30 años. Se buscaron ensayos controlados aleatorios en bases de datos como PubMed, PsychInfo, EMBASE y Medline hasta el 20 de septiembre de 2024. Los estudios debían probar una intervención psicológica (TCC-I, mindfulness, relajación, higiene del sueño) enfocada en tratar las dificultades del sueño. Se incluyeron estudios con grupos de control activos (por ejemplo, educación sobre el sueño, higiene del sueño) y no activos (por ejemplo, lista de espera, atención habitual). Asimismo, se evaluó la calidad metodológica de los estudios incluidos utilizando las directrices de la Herramienta Cochrane de Riesgo de Sesgo.

Principales resultados

El metaanálisis se basó en 14 de los 22 estudios que cumplieron los criterios de inclusión y exclusión específicos para el análisis. Los principales resultados son los siguientes:

Las intervenciones psicológicas son eficaces para la reducción del insomnio en jóvenes

En general, las intervenciones psicológicas para las dificultades del sueño mejoraron la calidad del sueño con un tamaño del efecto moderado (g = 0.50) en comparación con los grupos de control. Este hallazgo es consistente con revisiones previas, aunque el tamaño del efecto es ligeramente menor, posiblemente debido a la exclusión de estudios con tamaños de muestra muy pequeños, que tienden a sobreestimar los efectos, señalan los autores.

La terapia cognitivo-conductual para el insomnio es más eficaz que el mindfulness

Un análisis de subgrupos comparó específicamente las intervenciones de terapia cognitivo-conductual para el insomnio (TCC-I) con las terapias basadas en mindfulness. Los resultados mostraron diferencias significativas en los tamaños del efecto entre estos dos tipos de intervención.

Específicamente, los estudios que evaluaron la TCC-I mostraron un tamaño del efecto medio (g = 0.72). Por el contrario, las intervenciones centradas en mindfulness mostraron un tamaño del efecto relativamente menor (g = 0.16).

Según exponen los autores, esta diferencia podría deberse a factores como la intensidad de la intervención, puesto que las intervenciones de TCC-I tienden a ser más largas y multicomponente, mientras que las de mindfulness a menudo son más breves o se centran en un solo componente. Sin embargo, los autores advierten que este análisis de subgrupos se basó en un número relativamente pequeño de estudios, y se necesita más investigación para verificar si esta diferencia refleja una verdadera diferencia en la eficacia.

La calidad metodológica de los estudios incluidos varió, con un 18% presentando un alto riesgo de sesgo y un 55% algunas preocupaciones, mientras que un 27% mostró un bajo riesgo de sesgo. No se encontró evidencia de sesgo de publicación.

Implicaciones y direcciones futuras

En definitiva, los resultados de la revisión sistemática proporcionan evidencia que apoya el uso de intervenciones psicológicas para mejorar la calidad del sueño adultos jóvenes. Esta conclusión es importante dado que este grupo de edad experimenta tasas elevadas de problemas de sueño y trastornos mentales, subrayan los autores. De esta forma, mejorar el sueño puede ser una forma indirecta de abordar la salud mental en esta población.

A pesar de estos resultados prometedores, la revisión destaca varias áreas para futuras investigaciones. A este respecto, los autores señalan que se necesitan investigaciones que incluyan medidas objetivas (por ejemplo, polisomnografía) para obtener una imagen más completa de la eficacia de las intervenciones. Asimismo, es necesario evaluar el impacto de las intervenciones en el funcionamiento diurno y evaluar los posibles mecanismos que explican la mejora del sueño después del tratamiento psicológico, especialmente en intervenciones multicomponente como la TCC-I, entre otros aspectos.

Conclusión

En resumen, la revisión proporciona evidencia de que las intervenciones psicológicas son beneficiosas para la calidad del sueño en estudiantes universitarios, con la TCC-I mostrando el efecto más grande en este análisis. Estudios anteriores, recogidos en Infocop, han analizado los componentes de las TCC-I que aumentan la eficacia de la intervención (ver aquí).

Los autores señalan la necesidad de realizar más estudios rigurosos para confirmar y ampliar estos resultados, especialmente en lo que respecta a las medidas objetivas del sueño y el impacto en el funcionamiento diurno.

Fuente:

Tadros, M., Newby, J. M., Li, S., & Werner-Seidler, A. (2025). A systematic review and meta-analysis of psychological treatments to improve sleep quality in university students. PloS one, 20(2), e0317125.

La flexibilidad psicológica, factor protector de la calidad del sueño

Un equipo de la Universidad de Dublín ha llevado a cabo una revisión sistemática y síntesis narrativa sobre la compleja relación entre la flexibilidad psicológica y la salud del sueño. El estudio, publicado en la Journal of Contextual Behavioral Science, concluye que la flexibilidad psicológica no solo predice mejores resultados en el sueño, sino que también puede actuar como un factor protector frente a trastornos del sueño, mientras que su opuesto, la inflexibilidad psicológica, supone un riesgo importante. A través del análisis de 29 estudios con más de 20.000 participantes, las autoras ofrecen una síntesis del conocimiento presente en el área para mejorar las intervenciones para el insomnio.

Foto: freepik. Diseño: freepik. Fecha: 06/06/25

¿Qué es la salud del sueño y por qué importa?

La salud del sueño se refiere a un patrón multifacético de sueño-vigilia que incluye satisfacción subjetiva, duración adecuada, eficiencia, ritmo circadiano apropiado y estado de alerta durante el día.

Los datos aportados en el estudio muestran que los trastornos del sueño afectan a un porcentaje significativo de la población mundial: entre el 30 y 35% de los adultos experimentan síntomas de insomnio, y un 24% tiene un diagnóstico clínico del trastorno.

Tal y como se explica en el artículo de revisión, la relevancia de estos problemas es doble. Por un lado, la mala calidad del sueño se relaciona con enfermedades cardiovasculares, metabólicas y neurocognitivas. Por otro, tiene un vínculo bidireccional con los trastornos mentales como la ansiedad y la depresión. Esta relación bidireccional entre salud mental y sueño ha llevado a investigar los mecanismos que puedan estar detrás de este fenómeno.

La flexibilidad psicológica: clave de adaptación y bienestar


La flexibilidad psicológica, concepto central en la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), se define como la capacidad de una persona para estar presente y actuar de acuerdo con sus valores, incluso frente a emociones o pensamientos incómodos. Este constructo se descompone en seis procesos: aceptación, atención al momento presente, valores, acción comprometida, defusión cognitiva y el «yo como contexto».

Según exponen las autoras, estudios previos habían establecido una relación entre la flexibilidad psicológica y mejor calidad de sueño. Sin embargo, hasta ahora, ninguna revisión había abordado de forma sistemática cómo interactúan estos elementos a nivel predictivo, protector o como factores de riesgo.

Cómo se realizó la revisión

La revisión se llevó a cabo siguiendo el protocolo PRISMA e incluyó artículos cuantitativos publicados en inglés con muestras de adultos. Se analizaron datos de 29 estudios que cumplieron los criterios de inclusión, recopilando información sobre el diseño del estudio, población, instrumentos utilizados y hallazgos clave. Dado que la heterogeneidad metodológica impidió realizar un metaanálisis, se optó por una síntesis narrativa.

Resultados principales: flexibilidad como predictor y protector

Los resultados principales del estudio muestran que:

La flexibilidad actúa como predictor de sueño: Siete estudios mostraron que la flexibilidad psicológica predice resultados relacionados con el sueño, especialmente con la severidad del insomnio. En particular, la aceptación y la defusión cognitiva fueron identificadas como componentes clave. Por ejemplo, en pacientes con dolor crónico, estos elementos explicaban entre el 11% y el 19% de la variación en severidad del insomnio y de la eficiencia del sueño.

La flexibilidad actúa como factor protector: En siete estudios, la flexibilidad psicológica amortiguó los efectos negativos de factores como el estrés, la ansiedad y el dolor crónico sobre el sueño. Los componentes más eficaces fueron la aceptación y el mindfulness, especialmente la faceta de “no juzgar”. Estas habilidades parecen actuar como reguladores emocionales que disminuyen la activación fisiológica y mental que dificulta el sueño.

La otra cara de la moneda: la inflexibilidad psicológica como riesgo

Cinco estudios identificaron la inflexibilidad psicológica como un factor de riesgo para problemas de sueño. La evitación experiencial, la fusión cognitiva y la desconexión de los valores personales se asociaron con mayor severidad de insomnio y peor calidad de sueño. Por ejemplo, en cuidadores de personas con demencia, la inflexibilidad mediaba el efecto de los pensamientos disfuncionales sobre el insomnio, explican las autoras.

Mecanismos mediadores: ansiedad, estrés y más

Cinco estudios señalaron que la ansiedad y el estrés funcionan como “puertas de entrada” a través de las cuales la inflexibilidad psicológica afecta el sueño. En estos casos, se observó que una mayor ansiedad mediaba la relación entre rigidez psicológica y peor calidad de sueño. El estrés también desempeñó un papel importante como mediador, en especial en poblaciones estudiantiles.

¿Y si el sueño fuera el factor de riesgo?

Tal y como se recoge en el artículo, sorprendentemente, solo dos estudios consideraron el sueño como posible desencadenante de inflexibilidad psicológica. En ambos casos, la mala calidad del sueño mediaba la relación entre el estrés o las preocupaciones y el aumento de rigidez psicológica. Según indican las autoras, estos resultados sugieren que no solo los aspectos psicológicos influyen sobre el sueño, sino que el sueño también puede deteriorar la capacidad de flexibilidad psicológica de las personas.

Implicaciones para la práctica clínica y la investigación

Las implicaciones para la práctica clínica son variadas. A este respecto, las autoras destacan el valor clínico de estos resultados para diseñar intervenciones basadas en la terapia de aceptación y compromiso centradas en mejorar el sueño, especialmente en poblaciones que no responden bien a tratamientos tradicionales como la terapia cognitivo-conductual. Asimismo, enfatizan la necesidad de utilizar instrumentos de evaluación más fiables, para diferenciar adecuadamente entre flexibilidad e inflexibilidad psicológicas.

Por otro lado, los hallazgos resaltan la importancia de adaptar las intervenciones al contexto individual. La flexibilidad psicológica parece desempeñar un papel más relevante cuando coexisten otras vulnerabilidades como ansiedad, perfeccionismo o uso problemático del móvil, añaden las autoras.

Conclusión

Esta revisión sistemática aporta una visión integral de cómo la flexibilidad psicológica y la salud del sueño están interrelacionadas. Más allá de la mera correlación, se identifican rutas causales y mecanismos que permiten comprender por qué las personas con mayor flexibilidad duermen mejor. De esta manera, los resultados ofrecen un fundamento sólido para futuras investigaciones y desarrollos clínicos dirigidos a mejorar el bienestar psicológico y físico a través del sueño.

Referencia:

Ryan, E., O’Neill, D., & Smyth, S. (2025). A systematic review and narrative synthesis of the complex interplay between psychological flexibility and sleep health. Journal of Contextual Behavioral Science, 35, 100871. https://doi.org/10.1016/j.jcbs.2025.100871

lunes, 6 de mayo de 2024

¿Cómo afecta la falta de sueño a nuestras emociones?

 ¿Cómo afecta la falta de sueño a nuestras emociones? Esta fue la pregunta de investigación de un estudio publicado en la revista Psychological Bulletin, que sintetiza los hallazgos de más de 50 años de investigación en el campo.

Según explican los autores, actualmente vivimos en una sociedad que presenta una alta deprivación de horas de sueño. Se estima que cerca del 30% de los adultos y hasta el 90% de adolescentes se encuentran privados de sueño. En la medida en que la falta de sueño puede afectar al estado de ánimo, resulta fundamental comprender esta relación.

Foto: cottonbro studio

Para ello, los autores realizaron una revisión sistemática y metaanálisis de estudios que han analizado los efectos de la privación del sueño en el bienestar y malestar subjetivo de los participantes. En total, seleccionaron 154 estudios con un total de 5.717 participantes de 7 a 79 años.

Así, los autores analizaron los efectos de tres formas de pérdida de sueño: privación total, restricción parcial del sueño o fragmentación del sueño. Asimismo, evaluaron sus efectos en el afecto positivo, el afecto negativo, la salud mental, la reactividad emocional, la ansiedad y la depresión.

El metaanálisis realizado muestra resultados contundentes. Así, todas las formas de deprivación de sueño redujeron el afecto positivo, aumentaron la ansiedad y disminuyeron la capacidad de respuesta frente a estímulos emocionales (reactividad emocional). Sin embargo, los efectos sobre el estado de ánimo negativo y la depresión variaron según el tipo de deprivación de sueño. Asimismo, se detectaron efectos no lineales según la cantidad de sueño perdido y diferencias basadas en la etapa de sueño restringida (por ejemplo, sueño de movimientos oculares rápidos o sueño de ondas lentas).

En conclusión, las tres formas de pérdida de sueño redujeron las emociones positivas y aumentaron síntomas de ansiedad, incluso con pérdidas de sueño cortas. La falta de sueño también afectó a la respuesta emocional, si bien los efectos en la depresión fueron menores y menos consistentes.

Se trata del estudio que realiza una síntesis más completa hasta la fecha sobre los efectos de la falta de sueño en el estado de ánimo. Los autores plantean la necesidad de que se asegure el descanso de la población, especialmente de aquellos adultos que trabajan en sectores con mayor riesgo de falta de horas de sueño. Para ello, insisten en la importancia de adoptar políticas que regulen estas condiciones y protejan la salud del trabajador.

Los autores de la revisión insisten también en la importancia de realizar futuros estudios que contemplen todos los grupos de edad. Igualmente, deben explorar los efectos de la falta de sueño a largo plazo y las posibles diferencias culturales.

Fuente:

Palmer, C. A., et al. (2023). Sleep loss and emotion: A systematic review and meta-analysis of over 50 years of experimental research. Psychological Bulletin. doi.org/10.1037/bul0000410.

Claves de la terapia cognitivo-conductual en el insomnio

 ¿Qué componentes son claves de la terapia cognitivo-conductual para el insomnio? Esta fue la pregunta de investigación de un estudio publicado en la revista JAMA Psychiatry.

Según indican los autores, el insomnio afecta hasta a un tercio de los adultos, siendo un problema crónico entre el 4% al 22% de la población. El impacto en la vida diaria puede ser considerable, afectando al desempeño diario y causando un intenso malestar.

Fuente: Pexels. Autor: cottonbro studio. Fecha: 21/02/2024

La terapia cognitivo-conductual para el insomnio (CBT-I) es una terapia psicológica segura, que ha demostrado su eficacia en el abordaje de este problema. Esta terapia suele incluir esta serie de componentes educativos, cognitivos y conductuales, tales como:

  • La reestructuración cognitiva, que enseña habilidades para identificar, desafiar y cambiar creencias no útiles sobre el sueño
  • La restricción del sueño, consistente en limitar el tiempo en la cama.
  • El control de estímulos, es decir, re-asociar la cama con el sueño.
  • Educación sobre higiene del sueño.
  • Técnicas de relajación.
  • El uso de componentes derivados de la tercera ola, como mindfulness o terapia de aceptación y compromiso.

Tal y como indican los autores, hasta la fecha no se ha investigado qué componentes y modalidades (terapia presencial, online, protocolizada…) de la CBT-I resultan más beneficiosos. Por este motivo, se llevó a cabo una revisión sistemática y metaanálisis de 241 estudios que habían analizado la eficacia de esta terapia. En total, se reunieron datos de más de 30.000 adultos.

Los resultados muestran que:

  • Los componentes que resultan más beneficiosos son la reestructuración cognitiva, los componentes de tercera ola, la restricción del sueño y el control de estímulos.
  • Los programas presenciales dirigidos por terapeutas fueron los más beneficiosos.
  • La reestructuración cognitiva, los componentes de la tercera ola y la modalidad de entrega presencial se asociaron principalmente con una mejor calidad subjetiva del sueño.
  • La restricción del sueño y el control de estímulos se asociaron tanto con una mejor calidad del sueño como con la continuidad del sueño.
  • La combinación de estrategias, incluyendo reestructuración cognitiva y tercera ola, en un entorno presencial, resulta particularmente efectiva.
  • Por el contrario, la educación sobre la higiene del sueño no fue esencial.
  • Asimismo, se encontró que los procedimientos de relajación eran potencialmente contraproducentes.

De esta manera, la reestructuración cognitiva se erige como un pilar esencial en esta terapia, junto con la restricción del sueño y el control de estímulos. Los componentes de tercera ola, que abarcan mindfulness y terapia de aceptación compromiso, también se revelaron como altamente efectivos, desafiando las hipótesis previas.

Sin embargo, la educación sobre higiene del sueño, explicando la biología del sueño y brindando recomendaciones sobre el estilo de vida y el entorno, no parece esencial según los hallazgos. Asimismo, y contrariamente a las hipótesis esperadas, seguir procedimientos de relajación, ya sea física o cognitiva, podría ser contraproducente.

Respecto a la modalidad de aplicación, la terapia presencial mostró resultados más pronunciados, frente a las guías de autoayuda. A este respecto, los autores sugieren la importancia del vínculo en el proceso terapéutico y animan a realizar estudios en esta dirección.

En definitiva, la revisión proporciona una hoja de ruta para maximizar la eficacia de la CBT-I, facilitando su implementación a más pacientes. Los autores esperan que los datos obtenidos animen a los profesionales sanitarios a adoptar la CBT-I para abordar el insomnio, una terapia sencilla, no invasiva y eficaz.

Fuente:

Furukawa, Y., Sakata, M., Yamamoto, R., Nakajima, S., Kikuchi, S., Inoue, M., … & Perlis, M. (2024). Components and Delivery Formats of Cognitive Behavioral Therapy for Chronic Insomnia in Adults: A Systematic Review and Component Network Meta-Analysis. JAMA psychiatry.