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lunes, 27 de abril de 2026

Soledad en jóvenes: transiciones vitales en tiempos de hiperconexión

Contenido elaborado por Jóvenes Profesionales de la Psicología (División Académica – SEP)

La experiencia de ser joven está marcada por cambios continuos. Terminar los estudios, comenzar una nueva formación, mudarse de ciudad o iniciar la vida laboral son situaciones que, aunque suelen asociarse a crecimiento y oportunidades, también implican procesos de adaptación complejos de los que no siempre se habla. En este contexto de incertidumbre, la soledad puede emerger de forma poco visible, recordando que no es exclusiva de una etapa concreta del ciclo vital. De hecho, el Marco Estratégico Estatal de las Soledades sitúa a los jóvenes entre los grupos prioritarios, señalando que un 35% experimenta soledad no deseada (Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, 2025).

Aunque existen formas de aislamiento más evidentes, la soledad en jóvenes suele aparecer, especialmente, en momentos de transición. En estas etapas no siempre hay normas claras ni un rol definido, lo que puede dificultar la adaptación y generar una sensación de desorientación.

El vacío entre etapas.

Cada cambio importante implica, en cierta medida, una ruptura. Los vínculos que antes formaban parte del día a día dejan de estar presentes del mismo modo, mientras que las nuevas relaciones aún no han alcanzado profundidad ni estabilidad.

Este “espacio intermedio” puede generar una sensación de desubicación difícil de explicar. El y la joven ya no se identifica completamente con su etapa anterior, pero tampoco se siente integrado en la nueva (Sundqvist et al., 2024). Surge así una incertidumbre relacional: con quién contar, dónde encajar o cómo reconstruir una red social. En muchos casos, este proceso implica empezar de cero, lo que puede resultar desafiante en una etapa en la que el sentido de pertenencia es fundamental.
Conectividad constante, conexión limitada.

La tecnología permite mantener un contacto continuo con otras personas. Mensajes, redes sociales o videollamadas hacen posible sostener vínculos previos incluso a distancia. Sin embargo, esta hiperconectividad no siempre se traduce en conexión emocional.

Las interacciones digitales suelen ser más rápidas y menos profundas. Se comparte información, pero no siempre experiencias significativas, lo que puede generar una sensación de contacto superficial. De este modo, aparece una paradoja: estar en contacto constante sin sentirse realmente acompañado.

Además, durante estos periodos de cambio, la exposición a la vida de otros puede intensificar la sensación de desajuste. Observar cómo antiguos amigos parecen adaptarse con facilidad o construir nuevas relaciones puede dar lugar a comparaciones que aumenten la inseguridad y el malestar.


Foto: Freepik – Descarga: 27/03/2026

Una experiencia difícil de expresar.

La soledad en estas circunstancias no siempre se verbaliza. Existe una expectativa social, a menudo implícita, de que la juventud es una etapa de sociabilidad, integración rápida y disfrute. Bajo esta idea, los cambios deberían ir acompañados de nuevas amistades casi de forma automática.

Cuando esto no ocurre, puede surgir una sensación de extrañeza o incluso de fracaso personal. Muchos jóvenes interpretan su dificultad para adaptarse como algo individual, en lugar de entenderlo como parte de un proceso compartido. Esta percepción dificulta compartir la experiencia, lo que refuerza el aislamiento: si no se habla de la soledad, parece que no existe.

Reconstruir vínculos con tiempo.

Adaptarse a una nueva etapa no es inmediato. Las relaciones significativas requieren tiempo, repetición y experiencias compartidas. Aceptar que los vínculos profundos no surgen de forma instantánea puede aliviar la presión por encajar rápidamente (Evans et al., 2022).

Fomentar espacios de encuentro, participar en actividades compartidas o sostener pequeñas interacciones cotidianas facilita la construcción progresiva de relaciones. Al mismo tiempo, mantener vínculos del pasado puede aportar estabilidad emocional, siempre que no se conviertan en el único apoyo.

Una oportunidad para redefinir las relaciones.

Las transiciones vitales, aunque desestabilizadoras, también ofrecen la oportunidad de replantear cómo nos relacionamos. Adoptar una actitud activa y paciente —participar en actividades, mantener una mentalidad abierta y favorecer el contacto frecuente— puede ayudar a construir nuevas redes sociales y fortalecer el sentimiento de pertenencia.

Asimismo, practicar la autoaceptación, evitar comparaciones constantes, sobre todo en redes sociales, y expresar cómo uno se siente son estrategias que pueden aliviar la sensación de soledad. Cuando esta persiste, recurrir a apoyo profesional o a recursos que fortalezcan las habilidades sociales puede facilitar la adaptación y mejorar el bienestar emocional (Sundqvist y Hemberg, 2021).

REFERENCIAS

Ministerio de Derechos Sociales, Conso y Agenda 2030. (2025). Marco estratégico estatal de las soledades 2026–2030. https://www.dsca.gob.es/sites/default/files/derechos-sociales/Marco_Estrategico_Soledades.pdf

Sundqvist, A. J. E., Nyman-Kurkiala, P., Ness, O., & Hemberg, J. (2024). The influence of educational transitions on loneliness and mental health from emerging adults’ perspectives. International Journal of Qualitative Studies on Health and Well-Being, 19(1), 2422142.

Evans, O., Cruwys, T., Cárdenas, D., Wu, B., & Cognian, A. V. (2022). Social identities mediate the relationship between isolation, life transitions, and loneliness. Behaviour Change, 39(3), 191-204.

Sundqvist, A., & Hemberg, J. (2021). Adolescents’ and young adults’ experiences of loneliness and their thoughts about its alleviation. International Journal of Adolescence and Youth, 26(1), 238-255.

martes, 24 de febrero de 2026

Edadismo, soledad y salud mental: el coste invisible de la discriminación por edad

La discriminación por edad no solo limita oportunidades: puede deteriorar la salud mental, alimentar la soledad, favorecer el aislamiento social y contribuir a problemas como la ansiedad, la depresión e incluso la ideación suicida cuando se acumula a lo largo del tiempo. En un contexto social acelerado y con vínculos intergeneracionales debilitados, el edadismo emerge como un fenómeno con capacidad real de vulnerar el bienestar psicológico de las personas mayores, con efectos profundos y preocupantes.

Con el objetivo de poner el foco ante esta realidad cotidiana y, a menudo, invisibilizada, el Instituto de Mayores y Derechos Sociales (IMSERSO) impulsa el informe «Edadismo: la discriminación del siglo XXI», editado por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, a través del cual se plantea una mirada amplia y multidisciplinar sobre el edadismo, sus manifestaciones, sus consecuencias y las estrategias necesarias para combatirlo. Desde esta perspectiva, se plantea como una herramienta para profesionales, investigadores y responsables de políticas, con el propósito de avanzar hacia sociedades inclusivas para todas las edades.

El documento parte de una premisa clara: hablar de edadismo es hablar de una discriminación que se cuela en bromas, estereotipos y decisiones aparentemente cotidianas, pero que afectan a millones de personas, únicamente por su edad. Desde diferentes disciplinas, el informe explora cómo el edadismo influye en ámbitos como la salud, el trabajo, la comunicación o las relaciones intergeneracionales, y propone herramientas para comprenderlo y transformarlo, con una invitación explícita a reflexionar y actuar.

Fuente: freepik. Autor: wirestock. Descarga: 21/07/23.
Un fenómeno persistente, normalizado y universal.

De acuerdo con el informe, la longevidad de las sociedades contemporáneas ha convertido el edadismo en un eje crítico de la gerontología aplicada y de las políticas de cuidados a lo largo del curso de vida. Se trata de un término que denuncia la discriminación hacia las personas mayores y que ha sido ampliado por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como un constructo «ambiguo y tripartito», formado por estereotipos, prejuicios y discriminación, que puede dirigirse hacia otras personas o hacia uno mismo.

Su persistencia se explica, en parte, porque es socialmente tolerado, escasamente sancionado y, al mismo tiempo, universal: puede afectar a cualquier persona en algún momento del ciclo vital.

Además, el impacto del edadismo no se limita a lo conceptual o lo normativo. Sus consecuencias, sostiene, son profundas: compromete la salud física y mental, limita el acceso a recursos y oportunidades y alimenta la soledad, especialmente en contextos sociales acelerados y con vínculos intergeneracionales debilitados.

Edadismo: fundamentos, factores y consecuencias.


El envejecimiento es un fenómeno que ha cambiado en comparación con épocas anteriores: la población envejece de forma más saludable y vive más años, lo que posibilita la convivencia de tres o más generaciones en un mismo periodo. Este cambio se atribuye tanto a factores externos (tecnología, medicina, recursos) como a factores personales, como la fortaleza física y psicológica. Sin embargo, pese a estos avances, sigue persistiendo una visión negativa del envejecimiento: con frecuencia se habla del grupo de personas mayores en general, como si fuera uniforme, sin considerar la diversidad y heterogeneidad de trayectorias vitales. Esa construcción arquetípica y estereotipada del envejecimiento es lo que se denomina edadismo.

El edadismo está presente a nivel global, independientemente del sexo, la raza o la etnicidad, y puede manifestarse en percepciones, formas de relación y decisiones institucionales. Se prevé que su presencia aumente en un contexto de crecimiento de la población mayor a nivel mundial.

Un elemento clave es que muchas veces no existe conciencia del trato edadista. Esta falta de consciencia contribuye a que sea un fenómeno frecuente en distintos dominios y potencialmente muy dañino, entre otras razones, porque esas creencias estereotipadas pueden ser asumidas por la propia persona mayor, conduciendo a actuar en función de lo que se espera de ella, con el riesgo de caer en una «autoprofecía cumplida».

Factores de riesgo individuales y sociales.

Para desarrollar intervenciones adecuadas y eficaces, el informe insiste en la necesidad de comprender los factores que contribuyen a su origen y persistencia. Entre los factores individuales, destaca la internalización de los estereotipos negativos en las personas mayores, que pueden generar expectativas negativas sobre su propio envejecimiento. Esto se relaciona con una satisfacción vital más baja.

Otros factores individuales señalados incluyen el miedo a la muerte, la ansiedad y el mal estado de salud física y mental. Se menciona aquí la necesidad de presentar a las personas mayores con imágenes reales y no estereotipadas, y la importancia de la calidad del contacto con personas mayores, subrayando que el contacto intergeneracional es un elemento positivo para reducir el edadismo.

En cuanto a los factores sociales, se mencionan el cambio en la percepción de las personas mayores hacia enfoques centrados en lo negativo, la tendencia social a devaluarlas como individuos «no productivos», la presencia de actitudes negativas entre profesionales (incluidos cuidadores), la presión sobre recursos sociales, la imagen transmitida por los medios de comunicación, la idea errónea de que las personas mayores son un grupo homogéneo y el incremento del edadismo a nivel global durante la pandemia de COVID-19, cuando fueron percibidas como «el grupo de riesgo por excelencia».

Consecuencias: salud, bienestar y calidad de vida.

La investigación al respecto muestra que el edadismo es preocupante a nivel mundial por sus implicaciones negativas en la salud, el bienestar y la calidad de vida. Las actitudes negativas hacia el envejecimiento incrementan el riesgo para la salud y el bienestar en la vejez, incluyendo riesgo de mortalidad, mala funcionalidad, peor recuperación tras una enfermedad y problemas de salud mental.

El informe alerta de que el edadismo presente en profesionales puede dar lugar a prácticas discriminatorias que ponen en riesgo a las personas mayores. Se mencionan actitudes negativas detectadas en médicos, estudiantes de medicina, psicólogos, estudiantes de psicología o personal de enfermería. Entre las consecuencias concretas se incluye asumir que la sintomatología depresiva es «normal» en la vejez, no aplicar determinados tratamientos o excluir a personas mayores de ensayos clínicos, lo que afecta a la calidad y cantidad de cuidados que reciben.

Además, el informe sostiene que el edadismo promueve otras formas de discriminación, como el aislamiento social derivado de la exclusión de relaciones sociales y roles con significado. Esta exclusión social, vinculada a estereotipos negativos asociados a la edad, se identifica como un estresor crónico que puede comprometer la salud.

Intervenciones: educación, contacto intergeneracional y políticas.

Dada la prevalencia de las actitudes edadistas y sus consecuencias negativas, es prioritario desarrollar intervenciones eficaces para reducirlas o eliminarlas. En este sentido, la evidencia científica muestra que la reducción del edadismo puede promover comportamientos de salud positivos, por lo que combatirlo es un componente clave para el envejecimiento saludable.

Las intervenciones contempladas incluyen actuaciones dirigidas a la formación de profesionales, acciones orientadas a la sociedad en general fomentando el contacto intergeneracional e intervenciones para el cambio de actitud, además del desarrollo de leyes y políticas institucionales. En este marco, el informe señala que las intervenciones que combinan educación y contacto intergeneracional son las que muestran mayor efecto sobre las actitudes hacia las personas mayores, con un objetivo común: fomentar el compromiso social de las personas mayores en la comunidad, intensificando el envejecimiento activo.

El texto también recoge que, en el ámbito de las leyes y políticas institucionales, el desarrollo de normas que garanticen la protección de los derechos humanos puede contribuir a sensibilizar y mostrar que el edadismo es inadmisible.

En el ámbito educativo, la educación sobre envejecimiento puede ser eficaz para cambiar actitudes en estudiantes en formación sanitaria, recomendando, además, el contacto con personas mayores para aumentar la empatía, fomentar actitudes más positivas hacia ellas y disminuir las actitudes negativas. Sin embargo, el informe advierte de que, en muchos casos, el contacto se produce durante prácticas clínicas con personas mayores muy frágiles, lo que puede incrementar el riesgo de desarrollar actitudes edadistas.

Edadismo, salud mental y soledad: una relación crítica.

Tal y como señala el informe, a menudo se habla de las personas mayores como si fueran un grupo homogéneo, cuando la edad es un dato y no debería confundirse con identidad: la identidad es un proceso en construcción, mientras que la edad es una «foto fija» que no añade cualidad ni color a la persona.

De los principales «ismos», el edadismo es el prejuicio más extendido y socialmente aceptado, y los mensajes implícitos, las creencias culturales y las imágenes transmitidas por los medios hacen difícil no incurrir en el autoedadismo (esto es, edadismo dirigido hacia uno mismo), un mecanismo inconsciente y, por ello, más difícil de combatir.

La autopercepción puede verse afectada por aprendizajes desde la infancia, por paternalismos en torno al envejecimiento o por cambios en el estado físico y la actividad social y laboral. Además, algunas personas, al llegar a edades en las que su rol cambia drásticamente, pueden convencerse de una pérdida de valor como «ser social y familiar» y perder el sentido de su vida.
Sociedad líquida, vínculos debilitados y efectos en salud mental.

De acuerdo con el informe, vivimos en una «sociedad líquida», en la que la incertidumbre por la rapidez de los cambios ha debilitado los vínculos humanos, dificultando el intercambio intergeneracional. Este contexto, sostiene, afecta a la vivencia de soledad de las personas mayores y, en cierta medida, a su salud mental.

En relación con la etapa laboral, destaca que la terminación del trabajo puede conllevar pérdida adquisitiva, desigualdades en acceso a ocio o a un servicio psicológico especializado, pérdida de rol y de relaciones personales vinculadas al trabajo, factores que pueden favorecer la aparición de soledad y afectar a la salud mental.

En este marco, se pone de manifiesto el beneficio de la convivencia intergeneracional y cómo esta podría reducir drásticamente la aparición de soledad o de depresión o cualquier otra sintomatología relacionada con la salud mental, además de mencionar repercusiones económicas vinculadas a cotización laboral y seguridad social.

Derechos humanos, edadismo y salud mental: el foco internacional.

Las conexiones entre edadismo, soledad y salud mental han sido recogidas con rotundidad por organizaciones internacionales y supranacionales como la Organización Mundial de la Salud (OMS), el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, el Centro Europeo de Viena o la Unión Europea.

Según indica la OMS en su Informe Mundial sobre Edadismo (2021), el 96% de los estudios relacionados con edadismo y salud mental proporcionan evidencia de que el fenómeno incide en problemas de salud mental como la depresión. Además, señala que el edadismo acelera el deterioro cognitivo, y que tener mala salud mental y física es un factor de riesgo para el edadismo autoinfligido entre personas mayores.

Ante esto, la Organización Mundial propone iniciativas intergeneracionales orientadas a promover el contacto entre generaciones como una forma de reducir estas consecuencias, al disminuir estereotipos y prejuicios, considerándose de las más eficaces para combatir el edadismo hacia personas mayores.
Edadismo y salud mental: infradiagnóstico, discriminación y barreras de acceso.

El informe señala que, tanto el autoedadismo como el edadismo externo, pueden producir problemas de salud mental, que, a su vez, no son suficientemente abordados por profesionales de salud mental y por el sistema sanitario en diversos niveles.

En este punto, se destaca cómo el ideal social de mantener una imagen joven, junto con la interpretación de canas, arrugas u olvidos ocasionales como indicadores de declive, son aspectos que pueden ir calando en autoestima y autoconfianza.

De forma específica, los comentarios negativos y discriminatorios en Internet pueden crear un clima de exclusión, intolerancia y hostilidad, y afectar gravemente la salud mental y física de las personas mayores, contribuyendo a reforzar imágenes negativas.

La suma de todos estos falsos indicadores puede conducir a una pérdida paulatina de seguridad, y derivar en problemas de ansiedad, depresión y trastornos mayores si se mantiene en el tiempo.

Por otro lado, se pone de relieve que las dificultades que experimentan las personas mayores en la sociedad actual —por ejemplo, al acudir a una entidad bancaria, pedir un servicio o gestionar citas mediante plataformas telemáticas— pueden agravar la inseguridad, aumentar la ansiedad y contribuir a la depresión. Cuando esto se cronifica y se combina con factores como menor poder adquisitivo, dolencias, pérdida de pareja o personas cercanas, reducción del contacto familiar, falta de adherencia a tratamientos o reducción de ejercicio físico, puede llegar a aparecer incluso ideación suicida.

Las personas mayores con problemas de salud mental pueden experimentar doble o triple riesgo de estigmatización y discriminación por edad y por sus condiciones de salud mental y/o físicas o capacidades, lo que puede contribuir a su marginalización.
El edadismo como determinante social de la salud.

El informe insiste en que el edadismo afecta a dimensiones físicas, psicológicas y sociales, con un efecto comparable a otras formas de discriminación como el racismo o la homofobia, y lo considera un determinante social de la salud y la calidad de vida, insistiendo en que en el ámbito social, el edadismo puede aumentar el riesgo de aislamiento y sentimientos de soledad no deseada.

En el plano físico, el edadismo se asocia con el deterioro funcional, con trastornos crónicos, eventos médicos agudos y hospitalizaciones, así como con conductas de riesgo, como dieta no saludable, consumo excesivo de alcohol y tabaco o no respetar las prescripciones médicas.

Un problema que también es «caro».

Más allá de la dimensión ética, y de su impacto en el bienestar y en la salud física y mental, el edadismo se asocia, en algunos casos, con un mayor coste sanitario. En otras palabras, «no solo es injusto: es caro».

No obstante, cabe señalar que las soluciones existen, pero requieren voluntad política y continuidad. Entre las estrategias eficaces, destacan la educación para desmontar mitos, la formación profesional con enfoque gerontológico y el fomento del contacto intergeneracional. Estas intervenciones tienen impacto positivo, si bien aún falta evidencia longitudinal que apoye su generalización a largo plazo.

Fuente.

Martínez-Molina, A., Herranz González, R., & Parages Jiménez, L. (2025). Edadismo: la discriminación del siglo XXI. IMSERSO. Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030. Madrid.

martes, 28 de octubre de 2025

La soledad no deseada empeora la salud mental y el bienestar psicológico de las personas con discapacidad

 La soledad no deseada se ha convertido en un problema social y de salud pública de primer orden que impacta con especial intensidad en las personas con discapacidad. Este colectivo presenta una prevalencia de soledad no deseada notablemente superior a la de la población general, lo que tiene repercusiones directas sobre su salud mental, bienestar psicológico y calidad de vida. La soledad no deseada se asocia estrechamente con mayores niveles de ansiedad, depresión y estrés, siendo las mujeres con discapacidad, las personas mayores y quienes viven solas, los grupos más vulnerables. Asimismo, se constata que la falta de apoyo psicológico y social adecuado intensifica el aislamiento y la percepción de desconexión con el entorno, generando consecuencias emocionales y conductuales de gran calado.

Estas son algunas de las principales conclusiones recogidas por la Fundación ONCE en su «Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España«, elaborado el marco del Observatorio Estatal contra la Soledad No Deseada (SoledadES), con el propósito de identificar la prevalencia de la soledad no deseada en las personas con discapacidad en España, analizar sus causas y correlaciones y comprender la percepción social del fenómeno.

La soledad no deseada
Foto: freepik. Diseño: freepik. Fecha: 10/10/25
Una realidad invisible: la soledad como forma de exclusión

El estudio muestra que la soledad no deseada entre las personas con discapacidad no responde solo a la falta de compañía física, sino a una exclusión social estructural. La dificultad para mantener relaciones personales, la pérdida de redes de apoyo y las barreras de accesibilidad —tanto físicas como actitudinales—, configuran un escenario de aislamiento que se cronifica en el tiempo.

Los autores advierten que esta forma de soledad va más allá de un sentimiento subjetivo, ya que actúa como un factor de riesgo para la salud psicológica y se vincula con un aumento de los trastornos emocionales, el deterioro cognitivo, la ideación suicida y el empeoramiento del bienestar mental. En este sentido, el informe subraya que el impacto de la soledad en las personas con discapacidad debe abordarse desde una perspectiva sanitaria integral, en la que la atención psicológica y social tengan un papel central.

Impacto en la salud mental y bienestar psicológico

El análisis destaca que la soledad no deseada repercute de manera directa en la salud mental, afectando a la autoestima, al estado de ánimo y al equilibrio emocional. Los sentimientos de aislamiento persistente generan mayores tasas de depresión, ansiedad y estrés crónico, especialmente, entre quienes carecen de redes de apoyo o de oportunidades de participación social.

La investigación señala que las personas con discapacidad intelectual, auditiva o con trastornos mentales presentan niveles de soledad significativamente más altos, y que la experiencia subjetiva de sentirse “no comprendido” o “no escuchado” agrava los síntomas de malestar psicológico. En consecuencia, el informe pone de relieve la necesidad de reforzar los recursos de atención psicológica, así como de promover intervenciones terapéuticas personalizadas que incluyan acompañamiento emocional, orientación psicológica y social y apoyo comunitario.

El documento advierte además de que la soledad prolongada puede derivar en un deterioro grave del bienestar psicológico y, en algunos casos, incluso en ideación o conducta suicida, por lo que urge implementar estrategias preventivas con perspectiva psicológica y social.

Diferencias por edad, sexo y tipo de discapacidad

El estudio desglosa la prevalencia de soledad no deseada según variables sociodemográficas. La soledad en las personas con discapacidad no solo es más frecuente, sino también más persistente. El 79,9% que la sufren llevan más de dos años en esta situación, y un 73,6% más de tres. El informe alerta de que la soledad de larga duración afecta al 40,4% de la población con discapacidad, frente al 10,8% de la población sin discapacidad. Esta duración se asocia con peores estados de salud, con dificultades de empleo, discriminación y barreras para la participación social.

Mujeres, jóvenes y mayores son los grupos más afectados dentro del colectivo de la discapacidad. El estudio destaca que la soledad no deseada es más frecuente entre las mujeres con discapacidad (54,3%) y entre las personas jóvenes (18–29 años, 65,7%) y mayores de 65 años (64,1%). Asimismo, las personas con discapacidades que afectan a la comunicación o las relaciones personales son las que presentan una prevalencia más alta, con valores que superan el 75%.

Las mujeres con discapacidad son las que reportan mayores niveles de soledad y malestar psicológico, debido a una doble vulnerabilidad derivada de la desigualdad de género y la discapacidad. En cuanto a la edad, la soledad se incrementa significativamente a partir de los 45 años, alcanzando su punto máximo entre las personas mayores con discapacidad, muchas de las cuales viven solas o en residencias. Por grupos de discapacidad, el impacto es especialmente elevado en las personas con discapacidad intelectual, con trastorno mental o con discapacidad sensorial, donde los sentimientos de incomprensión y aislamiento son más acusados.

El estudio muestra también que las personas con discapacidad física o sensorial que participan en actividades comunitarias o de voluntariado presentan niveles más bajos de soledad y mejor bienestar psicológico, lo que evidencia la importancia del apoyo social y de las redes de acompañamiento.

Factores asociados: salud, relaciones y entorno

El informe subraya que la discapacidad es una realidad individual y también un hecho social, condicionado por factores estructurales y contextuales. Variables como la calidad de las relaciones familiares, la brecha digital, la desigualdad socioeconómica o la estigmatización influyen directamente en la cronificación de la soledad no deseada entre las personas con discapacidad.

La satisfacción con la cantidad y calidad de los vínculos personales se revela determinante: el 56,3% de las personas con discapacidad que se sienten solas tienen menos relaciones familiares de las que desean, y un 72,6% declara contar con menos amistades de las deseadas. Entre quienes sufren soledad, la mitad (53,5%) considera que la calidad de sus relaciones familiares es mala o regular, frente al 21,2% de quienes no la padecen. Además, el porcentaje de personas que no disponen de apoyo en caso de necesidad se duplica entre quienes experimentan soledad no deseada (12,9%) frente a quienes no la sufren (7,3%).

A esta vulnerabilidad relacional se suman factores de tipo socioeconómico. El desempleo constituye un elemento de riesgo clave: las personas con discapacidad desempleadas presentan una prevalencia de soledad del 64,9%, frente al 46,6% de las que están ocupadas. Asimismo, la pobreza agrava la soledad: un 61,1% de las mujeres con discapacidad con dificultades económicas se sienten solas, frente al 53,2% de los hombres en la misma situación.

El estudio confirma, además, que la salud mental desempeña un papel decisivo. Las personas con discapacidad que manifiestan problemas de salud mental —diagnosticados o no— presentan una prevalencia de soledad casi 30 puntos superior a quienes no los tienen (65,7% frente a 36,8%). Más de la mitad de quienes se sienten solas (50,9%) ha tenido pensamientos suicidas o autolesivos, y un 58,9% ha sufrido acoso escolar, laboral o de pareja. La prevalencia de soledad es mayor entre quienes perciben su salud como muy mala (77,2%) que entre quienes la consideran muy buena (26,4%).

El estudio apunta que la intervención psicológica y social temprana es esencial para evitar que la soledad derive en problemas graves de salud mental o en un proceso de marginación psicológica y emocional.

Percepción social y barreras actitudinales

Con respecto a cómo percibe la sociedad española la soledad de las personas con discapacidad, los resultados reflejan que existe una falta de conciencia general sobre la magnitud del problema, así como una tendencia a infravalorar sus efectos psicológicos.

La población con discapacidad reconoce mayoritariamente que la soledad no deseada constituye un problema social invisible. Aproximadamente siete de cada diez personas con discapacidad conocen a alguien que puede sentirse solo, y un 91,8% considera que la soledad es un fenómeno social que pasa desapercibido. La práctica unanimidad (96,8%) cree que cualquier persona puede sufrir soledad en algún momento, y el 93,4% coincide en que se trata de un problema social cada vez más importante.

En cuanto a la responsabilidad institucional, cerca de ocho de cada diez personas con discapacidad opinan que las Administraciones Públicas deben dar prioridad a la lucha contra la soledad, aunque la mayoría considera que las ONG son, en la práctica, quienes más contribuyen a combatirla (62%). Asimismo, un 78% de las personas encuestadas expresa su deseo de implicarse más activamente en la búsqueda de soluciones, reconociéndose como agentes de cambio dentro de sus comunidades.

Según la muestra poblacional general, más del 60% considera que las personas con discapacidad experimentan más soledad que el resto de la población, pero solo un 25% cree que reciben el apoyo psicológico o social necesario. Esta brecha entre la percepción y la acción pone de relieve la necesidad de políticas públicas centradas en la salud mental y el bienestar psicológico de este grupo.

Propuestas y líneas de intervención

El documento formula una serie de recomendaciones destinadas a reducir la soledad no deseada y sus consecuencias sobre la salud mental de las personas con discapacidad. Entre ellas destacan:

  • Desarrollar programas de intervención psicológica y emocional que fortalezcan la resiliencia, las habilidades sociales y la gestión del aislamiento.
  • Formar a profesionales de la psicología, trabajo social y salud comunitaria en detección temprana de la soledad y acompañamiento terapéutico.
  • Impulsar servicios de apoyo psicológico accesibles y adaptados a cada tipo de discapacidad.
  • Promover campañas de sensibilización social para combatir el estigma y favorecer la inclusión relacional y emocional.
  • Fomentar redes comunitarias y espacios de encuentro que reduzcan la desconexión social y mejoren el bienestar mental.

El informe insiste en que la soledad no deseada debe abordarse como un problema psicológico y social que exige intervenciones multidisciplinares sostenidas y coordinadas entre administraciones, profesionales y entidades del tercer sector.

Tal y como señalan sus autores, este fenómeno va mucho más allá de la simple ausencia de compañía: constituye un problema complejo y multidimensional que exige respuestas integrales. Entre los retos que se plantean para las políticas futuras destacan seis líneas prioritarias:

  • 1. Diseñar programas que aborden los factores estructurales e individuales de la soledad, y no solo sus síntomas, atacando causas como la discriminación, la segregación y los problemas de salud mental.
  • 2. Involucrar a las personas con discapacidad en el diseño y la puesta en marcha de las políticas y programas, reconociendo su experiencia como fuente de conocimiento y empoderamiento.
  • 3. Romper el estigma asociado a la soledad, promoviendo un cambio cultural que fomente la empatía y la visibilidad de quienes la padecen.
  • 4. Mantener una producción sistemática de conocimiento sobre la evolución del fenómeno, mediante indicadores comparables y actualizados.
  • 5. Visibilizar las realidades y eliminar las barreras físicas, sociales y actitudinales que perpetúan el aislamiento.
  • 6. Aprovechar las tecnologías como herramienta para mejorar la inclusión social y laboral de las personas con discapacidad
Conclusión

La investigación ofrece una imagen clara: la soledad no deseada entre las personas con discapacidad es un fenómeno estructural, con graves consecuencias sobre la salud mental, emocional y social. Los datos demuestran que no se trata de un sentimiento aislado, sino de un problema colectivo que requiere una respuesta integral desde la psicología, la salud pública y las políticas sociales.

El estudio concluye manifestando que incrementar el acceso a la atención psicológica, el acompañamiento emocional y las redes de apoyo no solo mejora el bienestar subjetivo, sino que reduce el riesgo de depresión, ansiedad, deterioro cognitivo y suicidio en este grupo poblacional.

De este modo, la promoción de la salud mental y el fortalecimiento de los vínculos sociales se presentan como elementos esenciales para garantizar la plena inclusión y la calidad de vida de las personas con discapacidad en España.

Se puede acceder al informe completo a través del siguiente enlace:

Estudio sobre discapacidad y soledad no deseada en España

miércoles, 1 de octubre de 2025

La soledad no deseada, un reto creciente para la salud de los jóvenes con impacto político

 

Daniel Galvalizi, periodista especializado en temas sociales

La sensación solitaria involuntaria es un fenómeno tan típico de nuestra era como difícil de abordar. Las nuevas tecnologías disparan un proceso que afecta en particular a los menores de 30 y del cual alertan muchos especialistas y la academia. Su consecuencia social y electoral, cada vez más visible.

Más de un tercio de la población de la Unión Europea afirma sentirse sola al menos de vez en cuando y un 13% se siente así frecuentemente, siendo la soledad no deseada un fenómeno más habitual entre jóvenes y apareciendo más en la transición entre etapas (fines de estudios, entrada al mercado laboral, rupturas sexoafectivas) como un momento de especial vulnerabilidad.

Es la conclusión del informe “Loneliness and social connectedness: insights from a new EU-wide survey”, encargado hace dos años por la Comisión Europea. El trabajo cualitativo también señala que las personas con menores ingresos reportan más niveles de soledad y que quienes menos se sienten aislados son quienes mantienen relaciones de calidad por sobre lo cuantitativo. En paralelo, se denuncia que el desempleo y la ausencia de participación comunitaria disparan la soledad.

“Casi una de cada seis personas a escala mundial afirma sentirse sola. Entre los adolescentes y los adultos jóvenes la tasa es aún mayor. Pero la soledad y el aislamiento social no son solo estados emocionales, también pueden ser letales. Entre 2014 y 2019, la soledad se asoció a más de 871.000 muertes anuales, lo que equivale a 100 muertes por hora”, señala un ensayo publicado hace pocas semanas firmado por tres académicos, uno de ellos, el director de la OMSTedros A. Ghebreyesus.

soledad

Foto: Majkl-velner – Fuente: Unsplash – Descarga: 22/09/2025

En España también es un problema. El Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada encargó un informe el año pasado en el que constata que dos de cada diez personas sienten soledad, una cifra que escala casi el 26% en el segmento que va de los 16 a los 29 años (y el 69% responde que se sintió solo alguna vez en el pasado). El estudio además calcula que la soledad involuntaria tiene un coste de 14.100 millones de euros al año.

Puede decirse que la soledad involuntaria también produce vulnerabilidad. Una persona que se sienta aislada se sentirá probablemente más desprotegida, con menos redes de contención y hasta quizás menos posibilidades de desarrollo material. La revolución tecnológica digital que viene calando con mucha fuerza en los últimos veinte años no hace más que amplificar este fenómeno, obteniendo provecho de ese aislamiento con los algoritmos psicologizados que, además, ya han demostrado tener un profundo impacto político electoral.

¿Pero de qué hablamos cuando hablamos de soledad no deseada y por qué tiene tantas consecuencias? Vamos a ello.

Años de soledad

El gigante escritor colombiano Gabriel García Márquez nunca hubiera imaginado cuando en 1966 acababa su emblemático libro que esa sensación solitaria que él mencionaba como una condena en la historia que dio la vuelta al mundo, sería uno de los grandes retos de la salud mental medio siglo después.

“Desde el punto de vista de la psicología, la soledad es una emoción, desde la sociología, no. Para un sociólogo una persona que está rodeada de otras personas no está sola, para un psicólogo, esa persona puede sentirse sola, aunque esté rodeada de personas. Se trata de una soledad emocional; se debe diferenciar entre las personas que se sienten bien estando solas, a pesar de que somos seres humanos y por tanto sociales, y las personas que aunque estén acompañadas se sienten solas”, explica en conversación con Infocop el psicólogo sanitario Jaime Gutiérrez Rodríguez, profesor de Psicología Criminal y responsable del área de Envejecimiento del Consejo General de la Psicología de España.

También señala que algunas instituciones públicas “a raíz de que las nuevas tecnologías resultan un recurso accesible, están intentando combatir la soledad no deseada con conexiones a internet a personas físicamente solas, sociológicamente, y esto es un error de cálculo”. Igualmente, hace la salvedad de que a veces pueden cumplir una función: “Mi abuelo estuvo en la Primera Guerra Mundial y le escribió a mi bisabuela dos veces en un año. Sin embargo, ahora una abuela puede comunicarse por videollamada con su nieto en la otra parte del mundo. Que sirven para acercar, sí”.

Según Gutiérrez, el proceso “va a más, la sociedad se está aislando cada vez más” y da un ejemplo claro: “Antes, en una comunidad de vecinos, el primero que compraba una televisión en blanco y negro se aseguraba muchas visitas; un TV saciaba la necesidad de entretenimiento para muchas personas, mientras que ahora se sacia individualmente; el mensaje que se está dando a los más jóvenes es ‘móntatelo tú mismo’”. Si bien dice que todavía las consecuencias a gran escala no están, asegura que se registra un “fenomenal aumento de la depresión y la ansiedad”.

“Cuando los chavales solo se relacionan con otros de forma virtual, a través de redes, eso está totalmente descompensado. Hay que buscar el equilibrio, no dejarnos asustar por la nueva realidad. Si el relacionamiento está equilibrado y la persona también tiene vínculos afectivos con grupos de amigos y establece relaciones interpersonales, no hay problema”, añade.

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Foto: Omar Ramadan – Fuente: Unsplash – Descarga: 22/09/2025

Gutiérrez no es optimista y avizora que este problema “acabará en pandemia” y porque “no se lo quiere ver, no se está actuando, España está a la cola de los países de la OCDE en cantidad de profesionales de la psicología en la sanidad pública, tiene la mitad de Portugal”. Además, apunta a que las nuevas tecnologías, con la IA como estrella del momento, “no son virtudes que han caído del cielo sino que son cosas que tienen que ver con empresas diseñadas para ganar dinero, no para hacer al ciudadano feliz, creando dependencia psicológica… si hasta se registra un aumento de ataques de ansiedad en personas que dicen haberse quedado sin internet”.

“Esto le puede pasar a cualquiera, puede ser una persona sana, caer en ese círculo vicioso es sencillo, no tiene por qué haber detrás ningún tipo de patología. Hay que buscar por qué los vínculos generan estrés, porque los positivos generan atracción, no aislamiento. Sabemos que hay familias desestructuradas generadoras de enfermedad y allí no es tan positivo el vínculo como esperamos, miembros que se aíslan porque son castigados o se sienten castigados y frente a eso lo que tendemos es a huir, y muchos hunden la cabeza en esas nuevas tecnologías”, explica.

El impacto político

En esta fase histórica, la soledad emocional encuentra un compañero accesible en la virtualidad relacional que ofrecen las redes sociales y las plataformas de contenidos audiovisuales con muy poco control como YouTube. Cabe recalcar que ninguna de ellas tiene que cumplir un compromiso deontológico y de verificación en la suministración de información como sí lo tienen los medios periodísticos tradicionales.

“Uno primero escoge emocionalmente qué es y luego va buscando las ideas que lo ratifican. Esa estructura emocional de la ideología está muy estudiada, si emocionalmente lo que observa el individuo le produce malestar, eso genera ira y la ira se va a los extremos en política. Nos va a tocar vivir una época en que al parecer los pensamientos extremos girados a la derecha serán más frecuentes”, subraya Gutiérrez.

El profesor y especialista en comunicación política Antoni Gutiérrez-Rubí, ha estudiado en profundidad este proceso y su consecuencia electoral y lo difunde en su reciente libro ‘Polarización, soledad y algoritmos’ (Ed Siglo XXI, 2025). El consultor catalán habló con Infocop desde Buenos Aires, donde reside hace tres años, y explica por qué la soledad emocional lleva a una sensación de soledad política.

“La ruptura intergeneracional es muy fuerte. Ese dolor y desengaño tiene unos niveles de socialización en las redes donde estas frustraciones se pueden canalizar de manera diferente, nueva, allí los pescadores de frustraciones son capaces de ofrecer sus soluciones rápidas y extremistas y comerciar con el sentimiento. Es algo global, los jóvenes se parecen mucho actualmente, vivan donde vivan, y si bien no se puede generalizar, esta ruptura de pacto intergeneracional es un dato que aparece en muchos estudios”, explica.

Gutiérrez-Rubí expresa, y en el libro lo grafica con estudios demoscópicos, que existe “una reacción que tiene que ver con la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, una reacción de defensa de los varones, de querer preservar la situación de privilegio a la que se suma una mala digestión de la igualdad acelerada en los últimos años, se ven amenazados y sustituyen el machismo tradicional por la misoginia, es decir, el miedo a la mujer y su poder”.

 “Se ve en los estudios y es muy profundo cómo los chicos más jóvenes, absolutamente normales, se sienten amenazados y cancelados al expresas sus ideas y miedos y viven de manera subjetiva esa falta de seguridad que después canalizan en estas soledades conectadas de las redes sociales. Se produce un ensimismamiento, una desigualdad solitaria que encuentra consuelo, una comprensión, en determinados ámbitos de la vida digital. La soledad se resignifica, se encuentran con varones que sienten las mismas cosas y como los algoritmos favorecen las burbujas, evitan la disonancia cognitiva y allí se pueden mostrar sin pudor ni temor a la cancelación”, añade.

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Foto: Chris Texe – Fuente: Unsplash – Descarga: 22/09/2025

En este marco, la consecuencia electoral es inevitable. “Esto está afectando a la hora de votar porque hay una oferta política que ha visto la frustración como un caldo de cultivo para recuperar posiciones, penetrar en ellas. en el fondo es fácil llegar al corazón de la gente y a su cabeza cuando entiendes sus tripas y hay algo ahí emocional que tiene que ver con esa frustración. Es un caldo de cultivo ideal para ofertas que se presentan como un atajo rápido para hacer que tu voto sea una venganza, que parezca un ajuste de cuentas. y esto aparece mucho y cada vez más en los países de la OCDE, este voto castigo”.

Sin dudas, la confluencia del fenómeno de la soledad emocional con la revolución digital representa un reto no solo para la salud mental sino para la democracia. Entender y desgranar este proceso complejo se ha vuelto no solo clave sino necesario para entender el futuro de la sanidad pública sino también nuestro destino como sociedad.