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lunes, 22 de junio de 2020

El tiempo que invierten los adolescentes en los dispositivos electrónicos se relaciona directamente con la infelicidad-nuevo Informe mundial de la felicidad 2019




Esta semana se ha celebrado el Día Internacional de la Felicidad, una fecha instaurada desde 2013 por la Organización de las Naciones Unidas con el propósito de reconocer la importancia de la felicidad y el bienestar en la vida de las personas de todo el mundo y la trascendencia de su inclusión en las políticas de Gobierno. A este respecto, en 2015, la ONU estableció los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible que buscan acabar con la pobreza, reducir la desigualdad y proteger nuestro planeta, tres aspectos clave que conducen al bienestar y la felicidad.

Con motivo de este Día, Infocop recoge el último Informe sobre la Felicidad 2019, elaborado por la Red de Soluciones de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas (United Nations Sustainable Development Solutions Network), una encuesta anual sobre el estado de la felicidad mundial, que clasifica a 156 países según lo felices que se sienten sus ciudadanos.

Esta séptima edición del Informe se centra en la felicidad y la comunidad: cómo ha evolucionado la felicidad en los últimos doce años, centrándose en las tecnologías, las normas sociales, los conflictos y las políticas gubernamentales que han impulsado esos cambios.

La clasificación de la Felicidad por países se ha realizado en función de seis factores clave (a saber: PIB per cápita, apoyo social, esperanza de vida saludable, libertad, generosidad y ausencia de corrupción) y, como novedad, del análisis de las evaluaciones de vida -es decir, qué percepción tienen los habitantes de su vida- y las emociones, tanto positivas como negativas.

A este respecto, a razón de los datos obtenidos, observamos que, nuevamente, encabezan los cuatro primeros puestos del ranking: Finlandia (1), Dinamarca (2), Noruega (3) e Islandia (4). Como noticia positiva, España ha roto con la tendencia decreciente del pasado año, escalando 6 posiciones en este listado, y situándose en el puesto 30 en el mismo. En el extremo contrario de la clasificación, los países que puntúan peor en Felicidad continúan siendo los países africanos, concretamente, Tanzania (153), Afghanistan (154), República Centroafricana (155) y Sudán del Sur (156) ocupan los cuatro últimos puestos en el ránking, lo que sitúa, una vez más, al contente Africano como el menos feliz.

Según indican los autores del informe, a nivel mundial, las evaluaciones de la vida ponderadas, disminuyeron considerablemente durante la crisis financiera de 2008. De hecho, afirman, los países que han registrado mayores descensos en las evaluaciones de vida, como Grecia, “sufrieron una combinación estrés económico, político y social”. Sin embargo, también como nota favorable, España ha escalado posiciones con respecto a las expectativas de vida saludable, ocupando el tercer lugar entre los países con mejores expectativas.

Junto con la clasificación por países, a lo largo del documento se consideran ampliamente algunos de los factores clave que influyen en la felicidad al cambiar el modo en que las comunidades y sus miembros interactúan entre sí. Estos factores se estructuran en los diferentes capítulos del informe:
  • Vínculos entre la calidad del Gobierno y la felicidad nacional media (capítulos 2 y 3). El Capítulo 3 invierte la dirección de la causalidad y analiza cómo afecta a la felicidad de los ciudadanos la participación en los procesos de votación.
  • El poder del comportamiento prosocial (Capítulo 4). El Capítulo 4 profundiza en la naturaleza y las consecuencias de la conducta prosocial humana, valorando las consecuencias del bienestar de la conducta generosa. El capítulo combina el uso de datos de encuestas, para mostrar el vínculo positivo entre generosidad y felicidad, y evidenciar la existencia de posibles fuerzas causales en ambas direcciones.
  • Cambios en la tecnología de la información. (Capítulos 5-7). El Capítulo 5 analiza los efectos de felicidad del uso de la tecnología digital, el Capítulo 6 trata con Big Data, y el Capítulo 7 describe una epidemia de adicciones masivas en los Estados Unidos, ampliando la evidencia presentada en el Capítulo 5.
Una de las conclusiones más impactantes es en relación con los adolescentes y las nuevas tecnologías: los datos revelan que la gran cantidad de tiempo que pasan los jóvenes interactuando con dispositivos electrónicos, puede tener vínculos directos con la infelicidad, y parece haber restado el tiempo que antes se dedicaba a actividades más beneficiosas, lo que lleva a una disminución de la felicidad.

En esta línea, si bien en el caso de los adultos no es posible asegurar una relación entre el uso de las nuevas tecnologías y una disminución en el tiempo que se interactúa cara a cara con otras personas y en las horas dedicadas al sueño, dado que en los últimos años se ha detectado que invierten el mismo tiempo en los medios digitales como los adolescentes, para los autores del informe “parece probable que su uso del tiempo también haya cambiado”.

Por lo tanto, de acuerdo con los datos, la marcada disminución en el bienestar de los adolescentes después de 2011, podría justificarse por el importante cambio en la forma en que los adolescentes pasan actualmente su tiempo libre. También puede explicar parte de la disminución de la felicidad entre los adultos desde el año 2000, aunque esta conclusión, como bien indican los autores del informe, es menos cierta. Por ello recomiendan que, en el futuro, los individuos y las organizaciones dedicadas a la mejora de la felicidad, centren su atención en el modo en que las personas pasan su tiempo libre.

Se puede acceder directamente al informe a través del siguiente enlace:

World Happiness Report 2019

FUENTE: INFOCOP

martes, 21 de noviembre de 2017

Felicidad e inteligencia


Mucha gente cree que las personas poco inteligentes tienden a ser más felices que las demás; como reza la frase popular, “la ignorancia es dicha”. Sin embargo, la investigación científica revela que esto no es realmente así, sino que la felicidad suele asociarse a un mayor cociente intelectual o CI. No obstante, como veremos, esta relación no es directa.

En este artículo analizaremos la relación entre la felicidad y la inteligencia, principalmente entendida como CI. Con este objetivo en mente, nos detendremos en primer lugar para definir los constructos “inteligencia” y “felicidad”, que resultan confusos y ambiguos desde un punto de vista científico e investigativo.

¿Qué es la inteligencia?

La American Psychological Association (Neisser et al., 1996) afirmó que cada persona tiene una concepción distinta de la inteligencia, si bien se encuentran algunos rasgos en común entre las definiciones de psicólogos expertos en este tema.

La inteligencia podría ser descrita como un conjunto de habilidades que nos permiten aprender de la experiencia, entender ideas complejas, razonar, solucionar problemas y adaptarnos al entorno. No es una cualidad única ni totalmente estable, sino que su valor en un individuo determinado depende de los rasgos que se midan y del momento temporal.

Una definición llamativa de la inteligencia es la operacional, según la cual la forma más adecuada de describir este constructo es como “aquello que es medido por los tests de CI”. Estas pruebas evalúan habilidades como el razonamiento espacial o la velocidad de procesamiento y dan un resultado numérico con una media de 100 y una desviación estándar de 15.

No obstante, este tipo de pruebas tienden a dejar de lado otros aspectos de la inteligencia que muchas personas, tanto expertos como legos, consideran igualmente fundamentales. En este sentido destacan especialmente las destrezas de tipo emocional, interpersonal e intrapersonal, que tienen un peso significativo en la felicidad.

Bienestar y calidad de vida

La felicidad resulta extremadamente difícil de definir, probablemente incluso más que la inteligencia. Ni siquiera existe acuerdo en torno a si se trata de un estado global o más bien de un tipo de experiencia puntual; es posible que esto se deba a que los factores que determinan la satisfacción personal dependen de cada individuo.

No obstante, sí podemos decir que este término se asocia a las emociones positivas, de la satisfacción a la alegría intensa, así como con el desarrollo personal. En el contexto científico suele preferirse el uso de otros constructos más específicos en sustitución de “felicidad”. Entre estos conceptos alternativos destacan el bienestar y la calidad de vida.

El concepto de bienestar se focaliza particularmente en la salud física y psicológica, si bien cuando se define esta variable en un contexto técnico se suelen incluir también una dimensión social y otra de desarrollo personal dentro del conjunto de rasgos que la conforman.

La calidad de vida puede ser entendida de un modo aún más amplio. En este caso, las facetas adicionales incluyen el nivel educativo, el estatus económico, las relaciones en el hogar y muchas otras características del entorno.

La relación entre inteligencia y felicidad

Según el análisis realizado por el equipo de Ali (2013) con una muestra de 6870 personas de Inglaterra, las personas con un CI bajo o normal-bajo (entre 70 y 99) tienden a ser menos felices que aquellas cuya inteligencia supera la media, es decir, 100. Esta relación está mediada por el nivel de ingresos, la salud física y psicológica y las actividades cotidianas.

A estos resultados los complementan los obtenidos por Kern y Friedman (2008), que llevaron a cabo un estudio longitudinal analizando a unas mil personas desde la infancia. Su investigación encontró una menor felicidad y ajuste social en la edad adulta en los individuos que habían obtenido mayores logros educativos en etapas previas de la vida.

Veenhoven y Choi (2012) extraen una conclusión interesante de su metaanálisis sobre la relación entre inteligencia y felicidad en todo el mundo: un CI nacional elevado se asocia con una mayor satisfacción en las personas que habitan un país determinado. En cambio, no encuentran que la inteligencia influya en la felicidad desde un punto de vista individual.

En este sentido, distintos autores deducen que las personas con un CI bajo tienen una mayor probabilidad de ser infelices como consecuencia de situaciones de desventaja socioeconómica y no directamente a causa de su nivel de inteligencia. Estas condiciones también comportan una disminución de la salud mental y física media.

Por otro lado, investigaciones como la de Bai y Niazi (2014) o la de Aminpoor (2013) encuentran que la inteligencia emocional y la interpersonal influyen positivamente en la satisfacción vital. Las habilidades que se engloban en estos constructos, como la autoconciencia y la autoestima, se asocian fuertemente con aquello que calificamos como “felicidad”.

Referencias bibliográficas:

  • Ali, A., Ambler, G., Strydom, A., Rai, D., Cooper, C., McManus, S., Weich, S., Meltzer, H., Dein, S. & Hassiotis, A. (2013). The relationship between happiness and intelligence quotient: the contribution of socio-economic and clinical factors. Psychological Medicine, 43(6): 1303-12.
  • Aminpoor, H. (2013). Relationship between social intelligence and happiness in Payame Noor University students. Annals of Biological Research, 4(5): 165-168.
  • Bai, N. & Niazi, S. M. (2014). The relationship between emotional intelligence and happiness in collegiate champions (Case study: Jiroft University). European Journal of Experimental Biology, 4(1): 587-590.
  • Kern, M. L. & Friedman, H. S. (2008). Early educational milestones as predictors of lifelong academic achievement, midlife adjustment, and longevity. Journal of Applied Developmental Psychology, 30(4): 419–430.
  • Neisser, U., Boodoo, G., Bouchard, T. J., Boykin, A. W., Brody, N., Ceci, S. J., Halpern, D. F., Loehlin, J. C., Perloff, R., Sternberg, R. J. & Urbina, S. (1996). Intelligence: Knowns and unknowns. American Psychologist, 51(2): 77.
  • Veenhoven, R. & Choi, Y. (2012). Does intelligence boost happiness? Smartness of all pays more than being smarter than others. International Journal of Happiness and Development, 1(1): 5-27.

FUENTE : Alex Figueroba (Psicólogo en Barcelona) / Psicología y Mente


lunes, 3 de abril de 2017

La obligación postmoderna de la felicidad



Felicidad plástica

La industria de la felicidad se ha convertido en uno de los negocios con más éxito y beneficios en la actualidad (libros de autoayuda, audios, etc.). Nos plantean que si no estás feliz con tu vida debes buscar todos los medios físicos posibles para ser feliz de forma rápida y programada; que si no eres feliz, no eres nadie en esta vida, no cumplirás tus metas y serás un ser marginal.

Es importante saber que la tristeza o la frustración son una parte sustancial para que se pueda desarrollar la felicidad, son complementarios y siempre están en interacción. Es la constante batalla de la condición humana.

La interacción entre tristeza y felicidad es de vital importancia para el ser humano, ya que nos enseña que el presente es lo que importa, que hay que darle significado tanto a las malas vivencias como a las buenas y que hay aprovechar al máximo cada momento que nos dé esa felicidad, que para cada persona es una cosa totalmente distinta.

La felicidad debería ser un estado de paz y autoconocimiento por el que pasan también la tristeza o la ira, aceptándose como partes de la vida y a veces hasta de sacrificio voluntario.

Yo te vendo felicidad, tú me la comprasLa presión del mundo capitalista conspira para que busquemos la felicidad como la aspiración más importante en nuestra existencia. Fuera de este sistema nos encontraremos ante un desierto de desesperación, pero dentro, el mejor de los mundos posibles.

Se administra la vida de los individuos para proporcionales una vida agradable en un mercado que puede ofrecerles todo tipo de satisfacciones para sus demandas. Se convierten en clientes y objetos pasivos de deseo de un sistema, que los manipula para gestionarles una vida “sana”.

El holograma de la felicidad

La concepción que tenemos de la felicidad es una vaga ilusión que nos impide realizarnos plenamente, ya que nos induce a no aceptar o ser totalmente intolerantes al sufrimiento y la desdicha.

El filósofo Kant hace una descripción de la felicidad desde el punto de vista de la razón. La felicidad formaría parte de una ecuación dónde están involucradas la racionalidad, la moralidad y la “sagacidad”.

La sagacidad sería la habilidad para elegir los medios que nos permitirían conseguir la mayor cantidad posible de bienestar propio. También es un talento natural para detectar los más sutiles indicios por los cuales puede rastrearse la verdad. La verdad nos hace libres y la libertad es uno de los principios fundamentales de la felicidad.

Lacan nos dice que la felicidad se sustenta en la incapacidad o falta de disposición del sujeto para hacer frente plenamente a las consecuencias de su deseo: el precio de la felicidad es que el sujeto se queda atrapado en la inconsistencia de su deseo. En nuestra vida diaria, deseamos (o pretendemos desear) cosas que no deseamos realmente, de modo que, en último término, lo peor que nos puede ocurrir es que logremos los que oficialmente deseamos.

Esto quiere decir que disfrutamos del proceso que nos lleva a esa felicidad, cuando obtenemos aquello que deseábamos, constatamos tristemente que ya no nos satisface de la manera idílica que imaginábamos. Por tanto, intentamos constantemente evadir nuestra realidad para ser felices, sin tener en cuenta, que la felicidad está en todas partes y en ninguna en concreto; solo depende del sentido que le damos a nuestra realidad.

Un mundo feliz
En la obra “Un mundo feliz” (Aldous Huxley), se presenta un mundo que no da cabida al azar, donde las personas se producen en serie, tienen garantizado el confort y la satisfacción de los únicos deseos que están condicionados a experimentar, pero donde se ha perdido la razón para vivir.

Se producen seres humanos, en el sentido industrial del término, en fábricas especializadas (centro de incubación y condicionamiento), donde cada uno tiene tareas especializadas asignadas y que son indispensables para una sociedad obsesionada con la estabilidad.

Se trata de un mundo en el que reina la felicidad y el aparente bienestar. El sufrimiento se ha erradicado de la sociedad, pero ha sido a costa de la libertad individual.

La felicidad prefabricada, producto de una mentira que oculta la realidad y embrutece la razón humana:
"La gente es feliz; tiene lo que desea, y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto; está a salvo; nunca está enferma; no teme la muerte; ignora la pasión y la vejez; no hay padres ni madres que estorben; no hay esposas, ni hijos, ni amores excesivamente fuertes. Nuestros hombres están condicionados de modo que apenas pueden obrar de otro modo que como deben obrar."

lunes, 26 de septiembre de 2016

“La gente feliz genera vínculos; la infeliz compra compulsivamente”





Un buen día la socióloga Roberta Paltrinieri dejó de mirar vidrieras. Repasó sus hábitos de consumo y no volvió a comprarse ropa, entre otras costumbres que abandonó. “Fue un viaje al interior de lo que sucedía en la crisis de la sociedad de la abundancia que me llevó a mí y a quienes me rodean a tomar conciencia”, dice Paltrinieri, doctora en Sociología y profesora de Sociología del consumo en la Universidad de Bologna, la más antigua del mundo occidental. Fue así como se propuso orientar su vida y la de su familia hacia una felicidad responsable, término con el que bautizó a su último libro. “Mi materia de estudio surge de mi autorreflexión sobre mi comportamiento cotidiano y el de mi familia -se sincera-. Y decidimos iniciar, como pequeño núcleo, una búsqueda de comportamientos de consumo sostenible.” Sus hijos -de 8 y 12 años- crecen sabiendo que no deben derrochar agua, que la basura se debe separar según su materia prima -orgánica, papel, plástico, vidrio- y que el trueque con otras familias es divertido, sustentable y sienta bien. “Mi vida no se ha empobrecido. Como docente empleada pública, es cierto que tengo mi sueldo congelado desde hace tres años, pero también cuento con la seguridad de que mes a mes recibo mi paga. Admito que no he sentido la crisis que veo a mi alrededor, pero esto no implica que en mí no se hayan activado modos de investigación para dar con formas más virtuosas de consumo”, dice la socióloga que también dirige el Centro de Estudios Avanzados sobre el Consumo y la Comunicación del Alma Mater Studiorum de la Universidad de Bologna y es parte de la Research Network Sociology of Consumption. Y allí fue Paltrinieri detrás de la felicidad responsable que, según ella, “es un modo distinto de pensar el bienestar individual y colectivo. Es la superación de un modelo cultural que hizo del ‘Consumo, luego existo’ el leitmotiv de los últimos treinta años, a favor de un modelo cultural que valorice las relaciones antes que los símbolos de status”.

¿Dónde busca la sociedad de hoy la felicidad?

Desde el punto de vista aristotélico, el concepto de felicidad se refiere a la obtención del placer a través de una acción. Sobre la base de esta dimensión aristotélica se ha ido construyendo la sociedad de consumo. En este sistema, a través de los objetos de consumo, los hombres deberían obtener aquel placer que, de algún modo, se presupone para una cierta felicidad. La sociedad del consumo como nosotros la conocimos en Europa, desde la posguerra, es decir desde los años ‘50 hasta los inicios de esta crisis en 2008, prometió la obtención del placer basándose paradojalmente en mecanismos que producen constantemente infelicidad. Desear comprar ha sido un imperativo para la sociedad de consumo europea. Consumir y desear seguir haciéndolo por más que se posean ya muchos bienes. El problema no es la posesión de bienes sino la insaciabilidad: una promesa constante de algo que se debe desear y que una vez obtenido no da satisfacción y por eso reenvía a la necesidad constante de continuar en este accionar. De aquí nacen los procesos de consumo compulsivo. La sociedad europea y la norteamericana son sociedades enfermas desde el punto de vista de la compulsividad, porque a través de este acto se intenta calmar un ansia que está dentro nuestro y que es el estado existencial de la subjetividad en una sociedad que progresivamente ha hecho desaparecer otras formas del placer.

Con este diagnóstico, ¿hoy es posible ser feliz?

Es necesario superar la dimensión instrumental del bienestar individual para estimular un nuevo modelo que ponga en el centro el bienestar colectivo entendido como relación que desarrolla confianza, reciprocidad. Las sociedades felices son las que producen relaciones, vínculos. Las infelices son las que en el lugar de las relaciones venden productos. En síntesis: la gente feliz genera vínculos; los infelices compran compulsivamente.

Usted ha señalado que la felicidad y el bienestar no han sido medidos adecuadamente


El primer texto que intenta superar la idea del PBI como único indicador del bienestar es el estudio que el ex presidente francés Nicolás Sarkozy encargó en 2008 al economista Joseph Stiglitz, donde se utiliza una serie de indicadores que arrojan luz sobre cómo medir el bienestar. A partir de esto, en Italia hemos desarrollado el índice de Bienestar Equitativo Sostenible -Benessere Equo e Sostenibile (BES)-. Es interesante porque hace foco en el bien relacional. De algún modo dice que la tutela del ambiente y las relaciones son fundamentales para medir el bienestar. Un elemento fundamental que está en la base de este nuevo modelo que estoy intentando promover de la felicidad responsable es la dimensión de la participación. Personas que participan en términos activos dentro de la propia comunidad son personas más felices.

¿Cómo se hace para hablar de bienestar colectivo en una sociedad de tanta desigualdad?

El modelo económico al cual nos ha habituado la sociedad de consumo es un modelo en el que lo determinante es el bienestar individual medido económicamente. El verdadero problema es que se debe correr el bienestar individual al bienestar colectivo. De hecho, las personas no viven solas, aisladas. Pero la verdadera posibilidad de producir bienestar colectivo nace de la posibilidad de producir bienes relacionales. Una cosa importante en el interior de una comunidad para desarrollar el bienestar no es tanto el dinero cuanto una buena cualidad de las relaciones humanas. El bienestar colectivo debe ser producido a través de las relaciones humanas cualitativamente buenas. Bienes relacionales producen confianza, intercambio, reciprocidad. Las relaciones se vuelven importantes también en términos de desigualdad: si yo produzco relaciones dentro de un sistema, produzco formas de solidaridad y la forma de solidaridad produce cohesión social. Donde existe la desigualdad se pueden activar estos mecanismos de la solidaridad. Si produzco individualismo, no produzco cohesión social.

Da la sensación de que en la sociedad actual sólo participan activamente los que tienen tiempo o los que abrazan una causa y militan a favor de ella. ¿Cómo se crea esta conciencia de responsabilidad compartida en el ciudadano medio?

En Italia no estamos en una fase ascendente de la democracia sino decreciente. Crisis de gobernabilidad, altos niveles de desconfianza, temas que tal vez le resulten familiares a usted … Por eso es necesario crear un nuevo pacto de confianza. Y la responsabilidad social compartida como respuesta a la crisis nos compete a todos. Tenemos que dar el salto hacia una teoría colectiva de las relaciones. Buscar cómo podemos responder a la crisis a través de nuestras capacidades específicas.

¿Cuál es hoy la principal característica del comportamiento social?

Hoy es difícil hablar de una teoría del accionar colectivo porque de hecho vivimos en una sociedad donde los procesos de socialización retrocedieron en su capacidad de orientar las relaciones. Hoy más que nunca, en esto veo también el reflejo del paradigma económico neoliberal dominante, hablamos de sujetos individualizados. De hecho, el hombre está cada vez más solo y debe responder a los desafíos de una sociedad global. Hemos perdido los valores normativos que nos orientaban. Es como si el individuo tuviera constantemente que reflexionar sobre las propias acciones. Disminuyó la mediación de la estructura. En el pensar, el comportamiento social ha retrocedido. Esto quiere decir que no hay más un cuadro normativo de referencia sino que hay que proceder por autorreflexión. Se trata de una constante necesidad de encontrar dentro de sí las fuerzas, las capacidades para responder a la emergencia o a la urgencia que el ámbito social le impone.

En usted la crisis fue una ocasión para repensar su comportamiento como consumidora. La idea de crisis como oportunidad, ¿se puede aplicar a todas las clases sociales?

Es claro que desde un punto de vista sistémico esto puede ser una oportunidad para las clases medias y altas de reflexión para repensar el propio comportamiento. Por una cuestión de insostenibilidad, es preciso pensar en un nuevo modelo para la sociedad de consumo tal como la conocemos hasta ahora. Es claro que no tienen la misma posibilidad los sectores medio y bajo que hoy están experimentando un gran desgaste. La crisis como oportunidad también nos enfrenta al problema de la desigualdad. En Italia, como seguramente también sucede en Argentina, lo que está sucediendo respecto del pasado es que estamos viendo que los mecanismos del ascenso social ligados, por ejemplo, a la instrucción, no funcionan más. Mientras en el pasado era normal que el hijo del campesino o del obrero se convirtiera en médico, hoy ese ascensor social ya no existe. Estamos asistiendo a una autorreproducción de las castas y ya no hay mecanismo de movilidad ascendente entre generaciones. Es lo ineludible de un destino: los hijos de las clases bajas no tendrán posibilidad de superar su propio status. Las nuevas generaciones están experimentando condiciones de vida peores que las de sus padres.

¿Esto es válido para ricos y pobres?

Sí. El elemento central en este proceso de pobreza es que los hijos de las clases sociales medias-altas, los hijos de la burguesía, también experimentan condiciones de vida peores que las de sus padres. Yo estoy segura de que, si mis hijos no se van al exterior y se quedan en Italia, no tendrán la condición de vida ni las oportunidades que he tenido yo.

Desde la mirada argentina, es como si Europa, aquel Primer Mundo de nuestro imaginario, estuviera descubriendo algo que nosotros, lamentablemente, ya conocemos en carne propia en materia de crisis.

En realidad lo que muchos países latinoamericanos, Argentina en primer lugar, han experimentado como técnicas de supervivencia en un mundo globalizado -siempre a favor de un Primer Mundo que como consecuencia de este intercambio desigual venía favorecido-, hoy se convirtieron en las técnicas que estamos observando para responder a nuestra propia crisis. Los argentinos nos pueden enseñar mucho al respecto.

Artículo de MARINA ARTUSA, visto en clarin.com


FUENTE:

http://ssociologos.com/2013/08/27/la-gente-feliz-genera-vinculos-la-infeliz-compra-compulsivamente/



miércoles, 24 de octubre de 2012

Crisis económica y salud mental



El diccionario de la Real Academia de la Lengua define «crisis» como «una mutación importante en el desarrollo de un “proceso”, ya de orden físico, ya histórico o espiritual». Si tomamos como punto de partida esta enunciación, la actual crisis económica se ha producido porque algunos representantes del modelo económico vigente han querido ganar más y más deprisa de lo habitual sin respetar sus propias reglas del juego. Esa alteración interesada ha generado una desestabilización del proceso económico que ha afectado a una parte importante de la sociedad. Para unos ha significado ganar menos dinero; para otros, un cambio regresivo en su modo de vida.

Aunque las leyes de los países desarrollados pregonan el «derecho a la vida», a la salud, a la educación o a una vivienda digna, lo cierto es que por el simple hecho de nacer no obtenemos ningún derecho; más bien una obligación, la de «ganarnos la vida». Para tener la posibilidad de lograr alguno de esos derechos, tenemos que formarnos primero y vendernos después en el «mercado laboral». En la transacción conseguimos acceso a los bienes deseados: logramos un control ilusorio sobre el proceso. ¿Qué sucede con la crisis económica? Que somos desposeídos o podemos serlo en cualquier momento de ese control sobre los bienes en los que se asienta nuestra seguridad individual en la sociedad de consumo.

A partir de ese momento la crisis no sólo afecta a los recursos materiales sino también a la estabilidad psicológica porque se instala en nosotros la incertidumbre. No somos capaces de predecir ni tan siquiera a pequeña escala el curso de los acontecimientos, lo que hasta el momento presente ha justificado nuestra existencia. La incertidumbre nos puede conducir a altos niveles de estrés que de mantenerse en el tiempo generará desesperanza y depresión. El «ajuste económico» habrá provocado así desequilibrios en nuestra estructura psicológica.

Para evitar este proceso destructivo es imprescindible anticiparnos a los síntomas psicopatológicos citados. Habrá que intervenir en tres tiempos distintos: a corto, a medio y a largo plazo.

A corto plazo tendremos que hacer balance de nuestra situación económica personal y valorar los recursos con los que contamos: endeudamiento, ingresos directos del trabajo, ahorros, posibilidad de subsidio de desempleo y sobre todo nuestra red de apoyo social o de apoyo mutuo. Es evidente que será prioritario ajustar los gastos a los ingresos. En el caso de que los ingresos sean insuficientes es necesario intentar negociar la deuda o bien conseguir ingresos extras.

Esta parte quizá es la más asequible ─siempre y cuando equilibremos las cuentas─ porque tratamos con aspectos materiales, medibles y cuantificables. Pero hay que afrontar esos otros aspectos menos tangibles como son la frustración, el miedo al cambio, el miedo al futuro o la sensación de que nuestro puzzle vital —con tanto esfuerzo construido— se derrumba. En este punto el control del pensamiento es fundamental. El miedo va a generar ideas catastrofistas que no son «útiles» para afrontar el presente. Por ejemplo: «No tengo fuerzas para enfrentarme a la situación», «No voy a encontrar trabajo» o «Voy a perder todo lo que tengo».

Estas afirmaciones negativas no aportan soluciones al problema. Los tres pensamientos son falsos. El primero porque olvida nuestra capacidad de esfuerzo, inteligencia y creatividad, aplicada durante gran parte de nuestra vida. El segundo y el tercero predicen el futuro lo cual es otra falacia porque anticiparse al devenir excede las leyes de la ciencia y de existir tal facultad, pocas serían las personas que la poseyeran. Pensemos la situación de otra manera: «Soy una persona fuerte y valiente capaz de luchar por lo que me propongo», «Soy inteligente y sobrevivo dignamente a pesar de la crisis», «Tengo una buena calidad[cc1] de vida en la nueva situación».

Con este tipo de pensamientos recobramos la serenidad ante un presente amenazador; nos proyectamos hacia delante con entereza y de paso reforzamos nuestra autoestima.

Con los objetivos de equilibrio entre ingresos y gastos bien definidos, con el conocimiento de los recursos de que disponemos y con el pensamiento aportando ideas de fuerza y resistencia, el siguiente paso, a medio plazo, es analizar qué nos puede aportar de positivo este período de crisis: hacer cambios en nuestras vidas. Podemos dedicar más tiempo a la familia, a los hijos o a la pareja. Podemos hacer ejercicio físico, yoga o cualquier actividad que mejore la relación con nuestro cuerpo. Por supuesto hay que incidir en la recuperación de actividades pendientes que siempre nos ha apetecido hacer y hemos pospuesto indefinidamente: pintar, estudiar o escribir, por ejemplo. Dedicarnos tiempo a nosotros mismos y a los seres queridos es una buena inversión que nos hace más fuertes.

Por último, en un tercer momento, a más largo plazo, sería una buena decisión revisar nuestra filosofía de vida, la que hemos seguido hasta ahora, y preguntarnos si podríamos ser más felices menos endeudados o si podríamos vivir con menos bienes materiales. Podríamos cambiar «consumo innecesario o prescindible» por bienestar emocional. A lo mejor usar el coche lo menos posible aparte de disminuir nuestros gastos nos sirve para hacer ejercicio, hablar con las personas que nos rodean o leer más.

En resumen, prevenir el hundimiento emocional ante las consecuencias de la crisis pasa por ajustar el gasto, optimizar recursos sociales y personales, analizar aquellas actividades que pueden dar sentido a nuestra existencia sin coste económico y, por último, revisar el modelo de vida de la «sociedad de consumo» con el objetivo de elaborar otro basado en la sencillez, la austeridad, el amor y el apoyo mutuo, que nos aproxime a la felicidad.



martes, 28 de agosto de 2012

Empecemos a trabajar en nuestro bienestar psicológico


El bienestar psicológico es como una escalera con muchos escalones que hay que subir poco a poco. Cada persona puede y debe construir su propia escalera, con sus escalones particulares, cada uno de ellos con su nivel de agrado o satisfacción. No tenemos por qué recorrerlos todos e incluso podemos prescindir de algunos de ellos, eso depende de nuestro criterio personal y de nuestra experiencia.

A continuación exponemos algunos de esos escalones que a una gran variedad de personas les ha hecho sentirse bien.

Las interacciones sociales —la amistad— facilitan el apoyo mutuo y nos permiten realizar intercambios positivos, sean estos solidarios, íntimos o de ocio. Nos sirven también para contrastar nuestra forma de interpretar la vida al ponerla en común con otras personas. A partir de ahí podemos reafirmarnos en nuestros postulados o hacer cambios en ellos. El individuo se disuelve en lo colectivo sin perder de vista sus intereses. Lo colectivo nos hace fuertes y refuerza nuestra riqueza interior. Si las interacciones presentes no satisfacen nuestras necesidades, siempre podemos buscar otras nuevas que sean afines con nuestra filosofía de vida.

Aprender de aquellas decisiones que no ofrecen los resultados esperados, es decir, de los llamados «errores». Cuando algo no nos sale bien sentimos frustración. Ante esta reaccionamos de diversas maneras: auto agrediéndonos, agrediendo a otros o evadiéndonos del problema. Cualquiera de las tres opciones nos produce inestabilidad emocional y nos impide avanzar. Es interesante sobreponernos lo antes posible a la frustración y limitarnos a analizar el resultado de nuestra decisión y después, o bien cuestionarla o bien reformarla, y, por supuesto, tomar una nueva decisión. Tenemos que cultivar la paciencia y la constancia en la persecución de nuestros objetivos. Asumiendo que en ocasiones no se puede lograr todo lo que nos proponemos.

Aceptar los hechos tal y cómo vienen y centrar la vida en los aspectos agradables. Por supuesto no podemos taparnos los ojos ante la injusticia, la pobreza y el dolor, pero a pesar de ellos debemos seguir adelante con los recursos que poseemos.

Practicar la solidaridad nos hace sentirnos mejor aparte de que mejora nuestras interacciones personales y nos aproxima colectivamente a ese «bien común» que debería ser la felicidad. Alguien dijo que no podría ser nunca plenamente feliz mientras existiera una sola persona en el mundo que padeciera la injusticia y la opresión.

En esta sociedad de consumo es muy común centrar los logros en el consumo o en la persecución de ascensos sociales que no siempre dependen de nosotros y que con el tiempo se demuestran superfluos. Una buena forma de trabajar en nuestra felicidad es potenciar nuestra creatividad, potenciando actividades que dependen solo de nosotros mismos y que muy bien podemos compartir con otros. Así nuestra autoestima saldrá reforzada.

lunes, 13 de agosto de 2012

¿Cómo trabajar en contra de la felicidad?

Lo primero que hacemos es ser pasivos, apáticos; permanecemos inactivos y nuestra vida es monótona y carente de alicientes. Precisamente este tipo de comportamiento significa todo lo opuesto al ser humano constructivo y creativo, capaz de transformar lo que le rodea y a sí mismo. La felicidad depende de nosotros, de nuestro esfuerzo personal; este esfuerzo exige dinamismo, ser activos, comprometidos y con ilusión.

Otra característica de aquellas personas que se alejan de la felicidad es asumir de manera permanente el papel de víctimas. Este rol nos convierte en dependientes y por supuesto hunde nuestra autoestima. Si los demás son los culpables o responsables de lo que nos sucede, nosotros no podemos hacer nada por evitarlo, por lo tanto carecemos de posibilidades de modificar nuestro presente.

A esto se le suma el miedo, del que ya hemos hablado en otro momento en el blog. El miedo nos paraliza. Escapamos continuamente. Evitamos cualquier situación de riesgo que implique la posibilidad de fracaso. De ese modo nos mantenemos al margen de todo, de riesgos y de éxitos. Vivimos como observadores de una realidad que nos atemoriza.

Por último, un indivualismo insolidario, contribuye a que nos aislemos también. Tener una buerna red de apoyo hace que la vida sea más fácil, más gratificante, y nos aproxima a ese bienestar especial al que literariamente denominamos "felicidad".